Las nubes esponjosas de las mañanas de invierno

Todo había sido un sueño.

Tan real…

Ya hacía días que el atardecer no me guardaba misterios, horas en las que no volvía la espesa niebla, minutos que me hacían pensar que Rita no había sido más, que un producto de mi perturbada psique.

…Aún olía a lavanda.

Había pasado años buscándole un sentido a la existencia, intentando comprender a las personas, intentando comprenderme a mí misma, llena de incertidumbre, dudas y miedo… hasta en el ocaso en el que Ella apareció, todo cambió.

Era como sí, una luz nacida de mi propia oscuridad hubiera tomado forma, y ahora veía el camino, ahora todo comenzaba a tener sentido. Tenía ilusión.

¿Quién era Caroline?

Sumergida en las luces del atardecer y sin ni tan si quiera tomar consciencia del tiempo, cerré los ojos intentando no chocarme con la triste realidad de la noche.

¿Qué era exactamente lo que no le gustaba?

Sumida en el sopor de la luz estelar, casi rozando la profundidad del alma, me despertó.

Abrí los ojos. Tan solo habían pasado unos minutos, el sol seguía huyendo entre las montañas.

La niebla había vuelto, al fin.

Me levanté, nerviosa y con la respiración encogida en un tarro de esperanzas, me dirigí al punto de encuentro. En cada esquina me parecía verla.

Lavanda.

Al fin llegué, acunada por el silencio, a la vieja salita atestada de recuerdos para encontrarme con la nada. Busqué indecisa entre la espesa bruma hasta que la vi en un rincón, casi resplandeciendo en un halo de oscuridad.

Sonreía, como la primera vez que la había visto. Tenía una sonrisa siniestra, llena de dientes afilados. No tenía ojos. Bondad en la expresión y poca intención en la acción, no era un mal augurio, su aspecto era engañoso,  para pesar de algunos.

Y allí en medio, de mi atestada mente, intentando comprender esa realidad, simplemente hable:

—Hoy ha cambiado algo, en el tiempo.

Mis palabras resonaron como a eco y se perdieron en la niebla que por el rabillo del ojo, se me tornaba más espesa.

—Es como si, el sol hubiera cambiado su recorrido y el aire su parecer. Las nubes eran esponjosas, como en una mañana de invierno…

—Sigue siendo verano… —contestó Rita al fin, interrumpiendo mi discurso. Cada vez estaba más cerca, aunque juraba que no se había movido del sitio.

¿O era que estaba creciendo?

—Está acabando el verano —expuse —. Nadie nota esas cosas, todo el mundo corre, todo el mundo va con prisas, todo el mundo se pierde en cosas insustanciales y se dejan llevar por la corriente de la humanidad. Nadie sale de la burbuja de la normalidad.

—Tú te has salido de la burbuja de la normalidad y de la realidad —explicó Rita con su expresión audaz sin mirada—.  El verano ha acabado para ti, ¿eso no te dice nada?

—Me dice que debo de estar muy trastornada o muy perdida si solo soy yo la que nota estos cambios en la atmosfera…y además disfrutar con ellos. Y que estoy  loca, porque ni si quiera sé qué o quién eres.

Rita rio haciendo que su melena negra, larga y ondeante se retorciera. Separó su mandíbula dejando escapar una risa estridente, más allá de sus dientes, se podía seguir viendo la oscuridad más espesa. Sin haberme dado cuenta, hasta ese momento, Rita ahora era de mi tamaño, algo más bajita, pero sin duda, era lo que el resto del mundo podría llamar normal.

Alrededor solo había más oscuridad.

—¿Cuán terrible es estar loco? —preguntó mientras caminaba entre las tinieblas. La seguí. No parecía tener piernas, solo flotaba con su vestido violáceo lleno de puntos negros. Lo único que resplandecía era su tez, blanca como las esponjosas nubes de las mañanas de invierno…

—Nada supongo, si no sientes miedo. No me das miedo.

—Se supone que no estoy aquí para darte miedo —dijo Rita —. Este es mi hogar.

Eché un vistazo en derredor,  la penumbra se había esfumado por completo. Ahora era mi propia casa, pero todo estaba al revés, la izquierda era la derecha…y el suelo, ahora era el techo.

Un ruido acuoso fue llegando a mis oídos de forma gradual. Eran tanto los nuevos estímulos que no podía centrarme en toda la anormalidad que me estaba acusando.

—Aquí siempre llueve, siempre es invierno —comentó Rita mirando hacia el exterior. La ventana de arco invertido y de madera, estaba llena de tiernas gotas de lluvia suave, de tarde de domingo. Tenía la boca algo separada, parecía haberse quedado anclada en esa posición, el pelo se le tornaba hacia abajo, como si en una realidad paralela, este se rindiera a la fuerza de la gravedad y flotara sobre sí mismo. Observé que mi pelo hacía lo mismo. Todo lo que veía se escapaba a mi entender.

—Ya te dije que soy un recuerdo, de alguien lejano, de alguien que como tú, notaba los cambios de tiempo, pero sin embargo no tenía ojos para ver la realidad, o al menos esta realidad…

Rita se señaló los ojos, su boca afilada aún seguía entreabierta, mientras giraba su cabeza lentamente para que yo observara sus cuencas vacías.

Pensé en el miedo que daba aquella escena y lo tranquila que me encontraba yo, escuchándole mientras flotaba bocabajo a la luz del agua de fuera.

Me armé de valor y se lo pregunté:

—¿Ese alguien de quien me hablas es Caroline?

Como si de un sueño desagradable se tratara, todo cambio a un matiz aún más siniestro. Rita troncó su expresión. Ahora, daba miedo de verdad. Su boca se abrió y me dio la sensación de que me iba tragar. Con un grito metálico y antinatural, me perdí en la oscuridad y cuando quise abrir los ojos, me encontraba tumbada en el suelo de la antigua salita. Todo había vuelto a su sitio y todas las luces, estaban encendidas. No llovía, pero ese grito que me había puesto la carne de gallina seguía resonando en las esquinas de toda la casa.

Y en mi cabeza.

Es tan suspicaz y silenciosa como un felino, observando la lluvia, llena de paz.
Es tan suspicaz y silenciosa como un felino, observando la lluvia sin ojos, llena de paz.

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