El banco en el que me dijiste que no me querías

   Siempre me ponía muy nerviosa antes de que llegaras, era como si cada vez fuera la primera.

Mucha gente me decía que era afortunada, esos nervios, esas mariposas, esos cosquilleos y todas esas historias del amor.

Me miraba delante del espejo resoplando una y otra vez. Estaba preciosa, hasta yo misma lo notaba, hasta yo misma me sentía segura, confiada, feliz, eufórica…

El timbre sonó, como muchas otras veces. Casi rozando lo imposible y bordeando las esquinas de mi hogar con ímpetu, (no era tan grácil siempre) llegué al fin al descansillo. El olor a comida apetecible me llegaba de algún lado, aunque ya no sabía si salía de la cocina o de detrás de la puerta de la entrada…

Las luces del árbol de Navidad brillaban incasablemente, espasmódicas y azuladas tornando la estancia de sombras imposibles y efímeras.

Abrí la puerta.

               Sonreíste.

Te respondí.

Pensé que tenías la sonrisa preciosa y que (la gente decía que) tenía mucha suerte.

Tú seguramente pensaste que hacía frío fuera y pasaste sin preguntar.

Afirmaciones cordiales, abrazos, caricias (¡Qué piel más suave! Me decía siempre), otra botella de vino (otra más…), más abrazos y risas hasta la cocina (¿Qué huele tan bien?) y por fin me besaste. No sé cómo lo hacías que siempre me besabas en el momento más jodidamente incómodo del espacio tiempo, no sabía a donde mirar porque no venía a cuento.

Pero yo sonreía, porque eras guapo, porque esa noche estabas genial. Tan alto, con el pelo por los hombros, con la barba de tres días y esos toques irónicos que salían de tu boca sin que nadie te preguntara, sin que nada los instigara. Esos chistes sexuales que me hacían revolverme de risa y levantar las cejas a la vez que nos mirábamos y estudiábamos, eras tan gracioso

No en serio, no sé por qué cenamos. Era puro ritual. Algo que había que hacer por protocolo. Porque todo el mundo lo hacía. Por las noches se cena (¡Qué rico te sale todo!) (No es para tanto…).

Las epilépticas luces navideñas, a destiempo, acompañaban palabras super puestas, frases de leyenda, risas, tonteos invisibles y manitas. Nos fuimos al sofá y del sofá apenas llegamos a la cama, y de la cama al cielo.

Me gustaba mucho ver cómo te dormías antes que yo, con esa luz tenue amarillenta y cálida, acomodado entre sonrisas. Me encantaba escrutar tus ojos oscuros y descubrir que en ellos se escondía ese amor tierno que no ofrecen todas las personas, ese calor que no somos capaces de dar porque nos da miedo de que nos hagan daño, esa seguridad que nos da la persona en quien confiamos nuestro corazón… Yo me acurrucaba, con la esperanza de que aún no te durmieras, de que me dejaras asomarme al paraíso una vez más, y otra vez más y otra…

Pero como era costumbre, sucedía que caías pletórico y lleno de satisfacción, en las fauces del sueño. Yo, que con la respiración de tu pecho perfecto, me adormilaba, apagué la luz y respiré tu aroma por última vez antes de abandonarme a la noche.

Noche traicionera y justiciera, enemiga y amiga de por siempre. A la madrugada abrí los ojos, escrutando con la mirada los tumultos del cuarto helado, el calor se había esfumado. Yo, a kilómetros de ti, de tu sonrisa de tus besos, de tus caricias…

Sacudí la cabeza (otro terror en medio del silencio, solo eran las cuatro), me despojé de la cama (y de tu abrazo) e intenté calmarme.

La luz tenue y romántica que antes nos cubría, ahora era casi inaudita, me senté en el sofá y me quedé con la mirada fija.

       ¿Qué había vuelto a soñar? ¿Acaso no era feliz? ¿Qué más podía pedir?

Entonces te miré de nuevo, tan pacífico, tan bueno…. Extendiste tu brazo buscándome entre las sábanas y al no encontrarme te arropaste, quedando conmigo cara a cara, tu aun durmiendo y yo preocupada.

       ¿Qué me había hecho despertar de nuevo en la madrugada?

Lo sabía, siempre lo había sabido…

Y vi cómo te encogía el pelo, tú te achicabas, podía intuir como tus ojos cambiaban a verdes tras esos parpados que descansaban. Tu cuerpo se ensanchaba y la barba se retiraba…

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Me levanté alarmada ante tal visión. No podía ser, todavía estaba ahí, él, antes que , chico de la sonrisa bonita. Él había llegado a mi corazón y con fuerza se resistía a irse…después de tanto tiempo, después de tanta lluvia y tantos golpes de reloj, me asomé al balcón de las penurias y allí, escondido entre maleza, rocío y tierra… aún con los ojos cerrados y llenos de tristeza, pude ver el banco en el que me dijiste que no me querías.

Un día como aquel hacía, lleno de frío y viento por las esquinas…

Temblando, me dejaste hundida, sin palabras que pudieran arreglar nada, con el sonido de los pedazos de mi alma dejándose al suelo, con el mal sabor de la esperanza subiendo y subiendo…

(Vuelve a la cama…) Esa voz me sacó del ensimismamiento, y el chico de la sonrisa bonita, delicado como la seda con la barba de tres días y melena, me envolvió con sus brazos ardientes. Volví al camastro, volví a la vida, dándole la espalda al banco, a tus ojos verdes, a tus recuerdos sin fin y a las heridas.

Y al fin desapareciste para siempre.

(O al menos eso creía…)

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