El árbol de la vida

Había sido mi casa de toda la vida. Y ahora, de repente, la iban a derruir.

(…Es la nueva autovía, señora. Lo lamentamos mucho, sé que es una gran pérdida para usted…)

   No, no lo sabían. No tenían ni puta idea.

Me paseé por última vez entre los pasillos oscuros. Hacía meses que nos habíamos mudado, hacía meses que aquello estaba vacío, pero aún, con los ojos cerrados, en el silencio podía oír aquellos gritos de mi madre en mi más tierna infancia, aquellas risas de las tardes de domingo con los primos, las felicitaciones de cumpleaños y los llantos irrefrenables tras alguna que otra ruptura, que se acumulaban en el rincón bajo la escalera. Podía incluso oír cuando mi madre me dio a luz, bajo aquel techo, en aquel cuarto…

Cerré con aplomo por última vez la que fue la habitación de mis padres, padres que ya no estaban, que pasaron a ser parte de la Tierra hace mucho tiempo

Pero yo continué en esa casa, esa casa tan grande y que me conocía tan bien (la conocía tan bien…). Y triunfé en la vida y me casé con el hombre que más he querido y tuve dos hijos de él, fruto del amor (en ese orden…en el orden correcto)… formé una familia. Familia que ahora vivía apretada en un piso, en medio de la ciudad, llena de ruidos, contaminación y gente.

(Si la tiran, que la tiren conmigo dentro…)

Era algo inapelable. Las cosas mueren. Es universal.

Y ahora era la hora de ver morir mi hogar. No tendría otro.

Continué la marcha por el piso de arriba, donde las paredes eran confidentes de mis recuerdos, paredes que deberían de estar retorciéndose de miedo al pensar en su final, pero todo estaba en calma… todo menos aquella puerta del fondo, un pequeño rayo de luz se colaba debajo de ella. Estaba anocheciendo.

Mi padre solía decirme que el abuelo la había sellado. La ventana redonda estaba tapiada desde fuera, nadie desde hacía siglos había entrado allí.

Ese atisbo de luz entre todo el proceso sombrío de despedida cayó en mi alma como un jarro de esperanza (No entres, será peor para ti…) y me acerqué al pomo lleno de años y herrumbre.

       ¿Cuántas veces me había acercado para darle la vuelta al mecanismo y toparme con la dureza del encierro?

   Decenas de veces, en aquellas tardes de lluvia.

Papá decía que estaba cubierta de ladrillos, pero ese rayo de luz me decía lo contrario…

(Vete, date la vuelta a tiempo…)

Apreté por primera vez con indecisión la bola ornamentada (recuerdo que siempre la había apretado con fuerza y había empujado con ganas…) y esta, ante la primera vuelta (ese día y solo ese día) cedió, de par en par.

Papá había mentido. La gente buena también miente. Mentir es humano.

(Seguro que tendría sus razones, pero vete ahora que puedes…)

Di un paso al frente en el sombrío cuarto lleno de miles de papeles, cubierto hasta arriba de escritos inconfesables. El suelo sonaba a madera hueca de mil años y el olor a reclusión era insoportable.

Ninguna de estas cosas me hizo retroceder y como siempre en esta vida, seguí el camino de la luz.

Un azaroso ladrillo, casi hecho polvo de tiempo, había caído y ahora la ventana tapiada dejaba entrever la luz del final del día, después de años.

Sin muchos miramientos y machándome las manos de escombros, quité el resto de la fortaleza de hormigón que durante toda mi vida había tapado aquella abertura.

Al abrirla, las bisagras de la ventana chillaron como si volvieran a ver la vida y la imagen que obtuve, no la olvidaré jamás:

   Allí, expuesto bajo la luz del atardecer, entoldado de nubes efímeras y con la máxima luminosidad del astro rey antes de morir en la noche, se encontraba ese árbol (de la vida) tan grande y ostentoso como lo había sido siempre.

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Bajo aquel árbol yo había reído y había llorado, había jugado y me había caído y nunca, nunca jamás, había mirado hacia arriba.

Y ahora lo tenía ante mí, ingenua y descarada yo, que había osado entrar en la habitación prohibida antes del mismo final (quizás papá lo quería así). Cuando ya no imaginaba que podía adivinar más entresijos de mi hogar, comprendí que la casa estaba preparada para su expiración.

Así que me subí a la ventana como si nunca hubiese crecido, me acurruqué en su alfeizar con los pies rozando el vacío y allí, en la más absoluta intimidad, esperé a que el sol muriera entre las ramas del árbol secreto, respirando por última vez, los vientos de mi (eterna) morada.

Ya estaba muy oscuro cuando miré hacia abajo…

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