Gracias Cristóbal

A veces, acontecen sucesos que se escapan a nuestro control, o incluso si me apuráis, a nuestro entender.

Seguro que acabáis de leer esto y ya estáis pensando en algo malo, porque somos así, porque nos hemos convertido en eso…

Estaba yo bastante baja de ánimos aquel día en la cafetería de la facultad. Estaba triste sí, pero lo estaba intentando integrar, nada que no se pudiera solucionar, querida (intentaba convencerme).

Es entonces, cuando en la cola de la comida, conocí a un señor.

No era de allí, no pertenecía a ese entorno, chirriaba pomposamente. Me dijo que esas botas que yo llevaba eran las que él y sus compañeros usaban en la mili. Entonces le miré a los ojos, tenía unos impresionantes ojos azules llenos de bondad y sabiduría que me hablaban de los muchos inviernos crudos y helados que había tenido que ver.

Hablaba rápido, como si no estuviera allí y realmente se hubiera trasladado a su juventud como soldado. Mi odiosa mente clínica comenzó a especular: demencia, verborrea, TEP, trastorno delirante tipo megalómano… simplemente porque no era normal, era un inusual anciano, con sus inusuales ojos azules hablando de sus batallitas inusualmente rápido.

Como ocurre en la vida, hay veces que los caminos se separan y este fue el caso. Él y yo nos separamos para comer pero, como ocurre también en la vida, algunos caminos se cruzan de nuevo.

Este ángel (porque ya no puedo llamarlo de otra forma) se acercó a mí con prudencia y con cordialidad me preguntó mi nombre. Con gusto se lo di, mientras observaba como lo escribía en un panfleto amarillo lleno de palabras bienaventuradas con el dibujo de los tres reyes magos de fondo. Escribió bien mi nombre. Tenía una caligrafía fina y cuidada.

Fijaros cuan corrompida estoy, que por su buena hacer pensé que era un adepto sectario que de alguna manera intentaba introducir su dogma de fe en nuevos adeptos. Pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que el panfleto amarillo solo era una excusa para la dedicatoria firmada que detrás me había escrito:

     “Te deseo tanta felicidad como gotas tiene la lluvia, tanta suerte como rayos tiene el sol y tanta salud como estrellas hay en el cielo, Cristóbal”.

Le di abrumada las gracias mientras él con una sonrisa me dijo que le recordaba a su hija, y entonces, comprendí que se sentía solo.

Idiota de mí, le dije que tenía prisa, y así era. Él, abochornado pero agradecido, me dijo que le diera dos besos y que se alegraba de conocerme.

A pesar de mi torpeza, creo que pude hacerle feliz y él a mí dentro de mi espiral de tristeza…

Era un Rey Mago vestido de paisano que me entregó el resguardo de mi regalo del 6 de enero.

Cristóbal

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