Victoria

La primera vez que la vio, se paró el mundo, los astros se alinearon y ella supo que algún jodido cupido invisible le había espetado el corazón. Topicazo de frase. Pero es verdad, ella me jura que lo es, y yo la creo.

Habíamos quedado en una sutil cafetería del entorno universitario, quizás para recordad viejos tiempos, quizás por familiaridad, quizás porque a ambos nos apetecía.

No quedábamos con demasiada regularidad pero tal era el vínculo que nos unía que ante cualquier llamada de socorro, los dos acudíamos como rayos de luz a iluminar y dar sentido al camino. En este caso, yo era el que necesitaba iluminar mi camino.

Ella apareció tan jovial como siempre, aunque con ojos de preocupación porque su amigo no estaba pasando por el mejor momento, nada que entre los dos no pudiésemos solucionar.

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Los minutos cayeron aquella tarde sobre el colacao y las pastas que ambos engullíamos sin prestar demasiada atención. Nunca tomábamos café, nos ponía demasiado nerviosos. A su vez, la lluvia fuera parecía empañar mi alma a cada palabra, casi lloré. Ella, con sus habituales espavientos de manos y palabras, calmaba mis ansias de tristeza una vez más: “para eso estamos, Ramírez”, acostumbraba a llamarme por mi apellido. Y entonces, me remitía a la historia que siempre quería que ella me contara. Parecía que mis llamadas y mis anhelos iban egoístamente derechos a esa historia, la historia de su amor, a la historia, que no como la mía, tenía final feliz:

     Cinco años. Cinco largos años en la sombra. Con mis altibajos y mis subidas magistrales (Es que eres magistral, le decía yo). Y ella, ella siempre a mi lado, cual amiga fiel y yo cual amante a la espera.

     Nunca tuve dudas de lo que sentía y tampoco nunca imaginé que mis horas muertas soñando con ella, con sus abrazos y sus caricias, serían hoy realidad.

Yo le rogaba que me lo contara de nuevo con la excusa de su discurso de bodas, pero ella sabía que no era verdad, pues su boda se celebraría en dos meses, y yo, más precavido que una abuela, tenía mi discurso preparado desde hacía tiempo. Ella lo sabía. Y también sabía que necesitaba escuchar esa historia una vez más…

Atento y embobado escuché como si fuese la primera vez cuando ella le había expuesto sus sentimientos a su mejor amiga a los muchos meses de sufrir en silencio, vio cómo su amor se alejaba y ella seguía sufriendo en una espiral sin fin. Continuó por cómo se retomó de nuevo su amistad y ella, sin perder la ilusión en ningún momento, continuaba su lucha “Paciencia, Ramírez”. Y rozando el final, me relataba que exhausta de luchar, planeó y jugó su última baza “Estaba todo planeado, Ramírez, nunca preferí a otra antes que a ella” y ella pescó el anzuelo, el anzuelo que le hizo ver que la quería. Esas dos chicas se querían.

Cuando llegaba este punto de la historia, como un tío sensible que soy, me tenía que aguantar la lagrimilla, ella era espléndida contando historias al igual que era espléndida en otras muchas cosas.

  Debes de haber sufrido mucho, le insistía siempre. Y ella, obviaba mi respuesta porque solo sus ojos podían contarme lo mucho que había sufrido, pero también podían hablarme de lo inmensamente feliz que era ahora.

Tienes que morir matando, Ramírez” me dijo una vez más y entonces yo volví a mi cruda realidad. Yo estaba solo. Estaba solo acompañado del miedo.

Fuera seguía lloviendo, y dentro también. Había anochecido.

     Morir matando, morir matando, morir matando…

Pero tenía tanto miedo, Victoria

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