La noche lucía oscura, sin luna, con muchos luceros diminutos por Norte.

Hacía tanto que no hollaba aquellas tierras, tanto  tantísimo, que ya nada era igual.

La casa, era lo único que mantenía su esencia.

Me acurruqué en las escaleras del porche y miré hacia arriba como solía hacer en las noches de verano de mi infancia. Allí estaban, todas y cada una de ellas, sin moverse del sitio, esperándome, siguiéndome, velándome…

Estrellas por todos lados, demasiado lejos, algunas muertas pero aun resplandeciendo en la bóveda negra del anochecer. Ellas no habían cambiado nada y me pregunté entonces como se sentirían sin moverse un ápice después de tantos años.

Cerré los ojos y escuché tus pisadas lentas sobre el follaje y la maleza, me cubriste con una manta y nos acurrucamos a observar la quietud de las lejanas galaxias.

Las frías noches de abril no perdonaban.

Te sabías todas las puntas de las estrellas, casi con la destreza de un astrónomo podía ver como señalabas las casas celestes y las dibujabas, invisibles y abstractas (como tú), perfectas y ancestrales (como aquellas tierras).

Imagen guardada con los ajustes integrados.

Nos conocíamos desde hacía más bien poco, así que supuse que lo hacías para impresionarme y que quizás no tuvieras ni idea del espacio y sus recovecos. Todo eso me daba igual, yo tampoco tenía ni idea de ti, y mirar las cosas desde la Nebulosa de Orión no me apetecía, me hacían sentir pequeña e insignificante, fría y de piedra en las noches errantes.

Tú sí que eras un universo al completo, con tu sonrisa y tus historias sin fin, con tu vida y tus estrellas luciendo en esos ojos que solo me podían contar los muchos misterios que tenía por descubrir. Tenía un arduo camino por delante, una tarea irresistible dentro de una marea (que va y que viene…) de estrellas que lucían allí arriba, lejos, de ti (y de mi).

Abrí los ojos.

Las luces de la casa se habían apagado y la oscuridad más absoluta se cernía sobre el campo, era hora de dormir, era hora de retirarse pero solo para ver amanecer una vez más.

Obviamente tú no estabas, solo había jugado a soñarte una vez más, perdiéndome en la razón de las estrellas que con esmero me decían susurrando: “¿Es esto lo que quieres? Si es lo que quieres podemos brillar, aún más”.

Y yo, con la razón más tibia que el ambiente, aspiré tu olor inconsciente en forma de respuesta al firmamento.

Sí.

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