El final del principio

Nadie entendía que quisiera pasear por la playa en invierno.

La quietud, el frío, la humedad y la soledad se juntaban con la alta marea que acechaba el final del día, el final del (último) sol.

Me senté en la arena, no muy cerca de la orilla y cerré los ojos.

Una sarta de imágenes me asolaron desde lo más profundo de mi ser, a la vez que el (último) viento de poniente asolaba la desierta playa, la desierta ciudad, el desierto planeta

Agudicé el oído aún con las dolorosas imágenes pasando como rayos por delante de mis oscuros ojos que se perdían en la inmensidad de la propia existencia efímera, sin nada que relucir, nada que destacar. Nada. No se oía nada.

Eso era para lo que había venido a este mundo. Para morir sin dejar huella en ningún corazón, para que nadie me echara de menos, para que las luces se apagaran sin más mientras que la tierra arrastra mi alma hasta lo más recóndito del condenado infierno

En un atardecer normal, la gente tampoco hubiese estado en esa playa, en un atardecer normal, yo probablemente no me hubiera sentado a observar la extraña tranquilidad del mar, pero ese día era tan especial que helaba la sangre.

La muchedumbre había abandonado la ciudad, algunos se resguardaban lejos pero en lo más alto, otros estaban preparados para hacer fotos desde lejos sin que les salpicara la catástrofe que estaba a punto de acontecer. Y después estaba yo, esperándole, llevaba esperándole tanto tiempo

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De repente, se despertó mi más íntimo instinto de supervivencia. Un sosiego en el ambiente hizo que al fin viera a lo lejos la gran ola que se avecinaba y que iba a devastar toda la costa, gran parte de la ciudad, y a mí (sólo a mi).

Firme, como una roca centenaria, me quedé en mi sitio, observando la sorprendente calma que precedía a (mi) la muerte. Era el momento perfecto para recordar, solo que ese momento no lo recordaría, porque yo ya no estaría allí. Quizás estuviera en otro lugar (en otra vida), haciendo las cosas más importantes que se pueden hacer (¿Qué se supone que hay que hacer?), tal vez estuviera conociendo a la persona de mis sueños, estudiando la ciencia de la vida, creando cosas de la nada, haciendo que brotaran los sentimientos, emocionándome, luchando, respirando y sobretodo, recordando

Algo en mí se movió, no sabría deciros que fue. Probablemente necesitaba llegar a esa conclusión en el momento más crítico, en el momento en el que había decido que era lo que significaba vivir.

Me levanté lentamente temblando como un cachorrillo muerto de miedo (oh la lá, el miedo). La ola estaba peligrosamente más cerca cuando mi más primario reflejo de huida reaccionó a tiempo.

Y como alguien que ha recordado cada lágrima, cada suspiro y cada latido de su corazón, corrí playa a través hacia las montañas para salvaguardar lo más valioso que podía tener:

     Mi existencia.

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