Días torcidos

—Oye, que ojos más preciosos, son iguales que los de su padre. Se parece tanto a Juan

Cuando el refugio retumbó, un haz de luz del día de la explosión, se derramó sobre las miles de cabezas allí abajo. Todas estupefactas, aterrorizadas. Era cuestión de minutos.

Los minutos más rápidos de la vida.

—Sí, se parecen mucho —contestó mirando a su hijo que parecía no estar allí.

Juan estaba muerto. Juan no era su padre. Pero eso era algo que se llevaría con ella.

Así que respiró por última vez y abrazó a su hijo, por Juan y por todos sus compañeros.

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