El Caballero de Plata

Tenía una mirada fría, apagada por el cansancio, bajo la derrota de dos mantos de oscuridad que se cernían sobre ella, creía estar muerto, al fin…

Pero él nunca muere. Él, nunca desaparece del combate.

Abrió los ojos y llovían cenizas. Un olor a devastación y fuego cubría un campo gris lleno de hombres de plata derrotados que, sin quererlo, habían dejado atrás sus cuerpos para unirse al cielo de los honorables.

Parecía que todas las almas que ascendían de aquellos caballeros y de alguna que otra dama, calcinados la mayoría, cubrieran con el dolor de la muerte, aquel cielo lleno de humo y gas. De sangre y derrota.

Pero él olía algo ¿Dónde estaba el enemigo? ¿Contra quién luchaban?

De repente lo recordó todo. No era ni quién, ni quienes, era qué.

Una abominación de muchas toneladas y cientos de metros, se cernía vencido en el centro del campo, rodeado de masas de cuerpos, cuyas armaduras brillaban a la luz prisionera de los restos de la batalla, no dejando al sol entrar a ver tal desfile exánime.

El Caballero de Plata

Nuestro héroe, gélido como un témpano, se irguió con un pesar que no expresó en su faz, manteniéndose impasible conforme se acercaba a tal criatura. La podía oír lamentarse sobre un gran charco de sangre, sangre de dragón, un líquido noble y mágico, ahora esparcido como ordinario, entre mortales.

Sus escamas, que durante la contienda brillaban con cada llamarada de fuego que huía de su garganta, ahora lucían como una burda manta de espinas, de un color plomizo cubierto de sus propias cenizas, saboreando el sabor del vencimiento, confundiendo su alma con la de sus propios asaltantes, ahora desfallecidos por su furia.

Él, se posó ante sus grandes ojos oscuros donde la llama se apagaba demasiado lentamente, su dolencia se alargaba. La armadura al caer, en un gesto de respeto de su portor,  tembló en el silencio y perturbó la quietud que tras la ofensiva se había asentado. La criatura lo miró suplicante.

Aún sin hablar, el ser emitió un largo y lastimero quejido que tembló en los confines del tiempo, pidiendo que lo auxiliara, que lo librara de su dolor, rogando que lo matara, que le arrebatara lo que le quedaba de savia, para siempre…

El Caballero de Plata se levantó de su reverencia de honor, la destrozada y brillante armadura fue lo único que tembló. El monstruo no paraba de retorcerse en sí mismo, con todas las extremidades malheridas, agitando sin mimo los cadáveres expuestos en su contorno.

La respuesta del Caballero fue rotunda. Dándole la espalda al dragón, emprendió la partida de la escena, dejando pues que el dragón pidiera clemencia perpetuamente. No era la primera vez que se encontraban.

Y el Caballero de Plata, sabía que tampoco sería la última.

Uno de los relatos ganadores de la 8º edicción de la Revista: http://blog.falsaria.com/participantes-de-la-octava-edicion-impresa-de-falsaria/ Falsaria

Fuente:  http://www.falsaria.com/2014/10/el-caballero-de-plata/

Basado en José Jiménez.

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