Paseos de madrugada

Me prohíbo salir antes de las cuatro de la mañana. Esa hora donde las calles se llenan de luz artificial, donde solo el viento de la madrugada puede acompañarme.

Calles que han pisado cientos, miles, millones. Olores que nadie puede sentir, porque todo el mundo está pereciendo. Sombras ideales. Recovecos imposibles.

Con la cabeza en alza, desciendo por las escaleras de mí morada. Observo mí alrededor, tan inquieto y solitario como ayer, antes de ayer, y el día anterior…Es perfecto.

La ventisca helada de las tinieblas estuvo a punto de arrollar mi angosto sombrero floral, decenas de garras de diablillos traviesos arrullaron mi espesa falda, dejando entrever las delicadas botas que tenían cientos y cientos de años.

Era la hora de mi paseo y nada me lo impediría.

Como una sombra del pasado que soy, camino arrogante por las estrechas calles y empinadas cuestas del pueblo, casi puedo oír en la quietud, los tranquilos corazones de mis vecinos prácticos, ordenados y ante todo reales.

Una pequeña alma apareció dentro de mi campo de visión, allá en la plaza. Caminaba con pesadez, como si alguien le hubiese obligado a levantarse demasiado temprano. Notaba su inocencia desde lejos, y justo cuando comenzaba a sentir ternura por tan diminuto ser, el niño me miró.

Al principio disminuyó su paso y entornó los ojos en una fina línea. Después se quedó muy quieto, mirándome, igual que cualquier adulto, igual que cualquier persona, igual que todos.

Cuando mi odio crecía y en el niño se dibujaba una expresión de terror, la lluvia se desató empapando las calles, cada hueco y cada partícula de aire se tornó húmeda. Menos yo. Yo no humedecía, simplemente la lluvia también me evitaba.

   Nadie me entendía.

El niño echó a correr calle abajo dejando olvidados sus bártulos bajo el chaparrón. Desapareció dejando atrás la panadería de la esquina, de la cual ya empezaba a emanar el dulce olor de la mañana.

Y en cuanto a mí. Yo volví. Como todos los días vuelvo, ya llueva, ventee o reluzca la luna llena.

Subí los escalones de mi abandonada casa. Y allí, en el gran salón derruido que era mi hogar, me dispuse a mirar el retrato de mi antigua belleza congelada en el tiempo y en el espacio, a la vez que los atrapados rayos de sol rayaban las montañas cubiertas de neblina acuosa.

   Todo era gris.

Las gotas dibujaban figuras en el cristal mientras yo desaparecía lentamente, llena de desdicha y de añoranza pero también de ilusión, esperando mi paseo de la noche siguiente.

Esperando, no obstante, a volver a encontrarme a otro ser, que me mirara lleno de incomprensión, de estupor, de temor…

   De poca imaginación.

15Fuente: http://www.falsaria.com/2014/09/el-paseo-de-madrugada/

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