La gruta de los diamantes perdidos

El agua helada se le hundía en la piel como cuchillas de acero que le oprimían y desgarraban la moral.

Solo faltaban unos míseros metros para llegar a la superficie. O no.

Al lugar al que se dirigía, el lugar que había imaginado desde los primeros años de su infancia, no brillaba a la temprana ni tardía luz del sol, así que no tenía manera de saber si estaba cerca de la superficie.

Había hecho un cálculo rápido, basándose en la sensación de presión del agua y en la ligereza que adoptaba su cuerpo al acercarse al final del mundo acuático pero el corazón le retumbaba dentro del pecho, ya había gastado todo el aire, le iba a estallar la cabeza. Solo podía ver oscuridad.

Si moría allí abajo, en la gruta de los diamantes perdidos, su nombre quedaría sumergido en muerte, en las profundidades del comienzo del final. Sería un fracasado, un perdedor y lo que es peor, uno más. Uno más de los cientos que lo habían intentado antes que él.

Apurando las últimas fuerzas y al borde del desmayo, su cabeza rompió la línea entre los dos mundos y respiró como nunca antes había respirado, le faltó tiempo para sonreír. No había llegado su hora.

Triunfaría.

Mientras salía con dificultad de la pequeña bahía oculta y llena de tinieblas, lo pensó como tantas veces lo había pensado anteriormente.

Él, volviendo a su tierra, llevando dicha, abundancia y renombre a sus vecinos, a sus padres, a sus hermanos, compartir con ellos su gloria como aventurero vencedor de la gruta. Solo tenía encontrar los diamantes.

Rodeado de mujeres, de oro, de piedras…Solo la luz del éxito le iluminaba el camino atestado de cadáveres rotos por el paso de los siglos y de los fallos cometidos por otros, que él no cometería.

Había crecido entrenándose para este momento y vivido para saborear la gloria de los diamantes, eso era indiscutible. Ahora que estaba tan cerca, era como si ya hubiese pasado cientos de veces por ahí, ya lo había vivido miles de veces en su mente. Debería de estar nervioso, pero no lo estaba, debería de sentir ilusión, pero no la sentía porque para él nada era nuevo.Todo lo conocía porque estaba dentro de su interior desde hacía muchos años.

Cruzó la última esquina con quietud y premeditación cuando un fulgor etéreo y blanquecino le golpeo el castigado rostro quemado de sol y sal.

Allí estaban todos ellos expuestos unos sobre otros, de diferentes formas y tamaños, algunos todavía atenidos a la roca madre mirándole con expectación, reluciendo con los pocos rayos de sol que se colaban por la bóveda de la gruta marina.

Cogió uno pequeño, lo alzó en su mano y lo examinó de cerca. Por mucho que antes hubiera imaginado las gemas, ese momento era tan especial que nadie podía quitárselo. Era perfecta. La metió en su bolsillo.

Crystal Palace of Reed Flute Cave en Guilin (China)
Crystal Palace of Reed Flute Cave en Guilin (China)

Respiró el aire cristalino satisfecho cuando el cansancio de todo el viaje en solitario le golpeó a traición en el pecho y se desmayó en tal cielo lleno de cristales.

Antes de irse, el rostro de una mujer se asomó a su desvanecimiento y con esta imagen, yació inconsciente.

—¿Por qué venís aquí?

La dulce voz de la mujer, al fin lo despertó. Hablaba ella sola, con esperanza de que alguien le contestara en una solitaria y soleada bahía. Abrió los ojos, confuso.

—¿Quién eres tú? —preguntó el joven aventurero.

Era una mujer tocada por el cansancio y por los años, tenía una mirada juvenil a pesar de que las arrugas que surcaban su rostro no hablaran de ello.

—Podría preguntar lo mismo… —respondió el joven con bravura, irguiéndose —. ¿Dónde están los diamantes?

—Esos diamantes no son tuyos, esos diamantes están perdidos —respondió la mujer alzándose también, quedando ambos frente por frente —. Tú, ya tienes el tuyo ¿no?

El sol quemaba más que nunca en la playa de aguas exuberantes y cristalinas cuando él, tocó despacio el cristal en su bolsillo. Estaba frío como el hielo. Lo sacó y su centelleo recorrió toda la playa.

—Pero no puedo volver a mi pueblo con las manos vacías…

—Escucha zagal, ¿de quién fue la idea de buscar esos diamantes? —inquirió la mujer con aires de sabia.

—Mía.

—¿Estás seguro?

Cuando abrió la boca para discutir, de repente miró el pequeño diamante que no dejaba de relucir ¿de verdad toda su aventura había sido idea suya? ¿O había sido idea de todos aquellos que le había contado la leyenda? ¿De todos aquellos que antes que él lo habían intentado y no había vuelto? Miró a la mujer con los ojos llenos de sorpresa.

—Tienes que buscar tu propio camino. Coge ese velero del muelle y sal a construir tu propio destino.

La mujer le señalo una pequeña embarcación construida con esmero y sujeta a un muelle viejo y desvalido. Él, sintió como el espíritu de la aventura lo invadía por momentos, apretó el diamante entre sus manos.

—Puedo ir a donde quiera… —se dijo mientras paseaba la mirada por el amplio océano.

—Tienes un vasto camino por delante… —contestó la mujer emprendiendo el camino de vuelta.

—¡Un momento! ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?

—Yo ya elegí mi camino hace muchos años…

Y entre el enjambre de rocas, desapareció.

Él miró la mar en calma y respiró el salino como si fuera la primera vez, era como si todo lo que había vivido hasta ahora fuera mentira, ahora era él el que decidía su propio camino, ahora era libre.

“Era el momento de triunfar amigos, era el momento de vivir”.

Basado en Pablo Romero.

Fuente: www.falsaria.com/2014/10/la-gruta-de-los-diamantes-perdidos/

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