Sonrisas escarlata en La Mayor

Abrió el botecito de sangre y mojó la pluma en él. Se llevó la punta a los labios y saboreó ese esperado momento del día.

Beethoven
Ludwig van Beethoven retratado por Joseph Karl Stieler

Rojo metal. Perfecto. Sublime.

98.1 de RNE clásica, esa era su frecuencia favorita. Los soberbios acordes de la sétima sinfonía de Beethoven, recorrían el oscuro ambiente. Ludwig era tipo afortunado, pero él también era grande.

Con los labios manchados de su propia sangre, observó tranquilo cómo bajo el sol caído, comenzaban a desmantelarse los primeros navíos de la noche, todos cargados de dinamita hasta la proa. Parecía que la jornada se presentaba revuelta. Por eso era por lo que había sacado de su escondite, al Libro Negro.

Arañaba las gruesas y enormes cubiertas de cartón oscuro sin dejar de examinar el puerto desde su refugio.

Azul oceánico. Pacífico y relajante en La mayor.

Abrió las gruesas páginas de su más preciado tesoro y acarició el pelo que había conseguido arrancar a sus más jóvenes especies. Sonrisa escarlata en las tinieblas.

Los suaves cabellos marrones de Julia, o al menos eso ponía en su mochila. El rizo petrolero de Laura, la más complaciente de todas ellas. Los torturados cabellos teñidos de una risueña María que parecía ser morena en realidad, o eso sospechaba por la raíz del trozo de cabellera que se había traído con él. Siempre le costaba cerrar su preciado libro por culpa de esos malditos trozos de carne. Pero no podía quitarlos, eran parte de la pieza, formaban un todo inadmisible, ni siquiera el olor a putrefacción le podía hacer cambiar de opinión.

Así hasta decenas de ejemplares de cabellos, en su mayoría de chicas, algunos también de jóvenes perdidos en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Era una buena época para su colección, buena cosecha.

Antes de escribir la entrada de aquel día y de que su sangre se secara en la pluma, ensortijó los dedos en su mejor pieza: los sedosos e infantiles cabellos de Patricia. ¡Ah! Dorados bucles de placer. Hacía semanas que los había recogido y no parecían haber perdido aún la fuerza de la vida, se agarraban grácilmente a una realidad perdida, “¿Dónde está nuestra ama? ¿Qué es este lugar tan oscuro?”. Más sonrisas escarlata en las tinieblas.

—¡Cariño! ¡Ya está lista la cena!

Como si hubiera perforado la capa lisa del tranquilo mar que tenía enfrente, salió de su ensimismamiento. Bajó el volumen de la sinfonía de su querido amigo alemán a modo de respuesta. Debía de darse prisa. Con trazos apurados, a mitad de página, inclinados hacia la izquierda y finos como agujas de cristal, escribió su frase del día en una tipografía distinta a la anterior. Y probablemente nada parecida a ninguna otra del viejo Libro Negro.

Admiró su nuevo texto varias veces y sin perder ni un segundo, se metió dentro del uniforme de Grupo de Operaciones Especiales del Estado. Bastó solo un vistazo en el espejo al emblema del machete y las hojas de roble para respirar orgulloso. Esa noche no había tiempo que perder.

—¡Papá! ¡Que se enfría la cena!

Papá, con movimientos ágiles, rodeó con mimo su tesoro negro, agarró sin decoro la cara pluma y la tinta escarlata que aún podía verse entre sus dientes y lo guardó todo bajo llave en el baúl de su despacho. Justo a tiempo.

La pesada puerta se abrió y dejó entrever un pequeño e inocente ojo azul.

—Papá, quiero que cenes con nosotras antes de que te vayas a trabajar…

Los cabellos rubios, llenos de bucles se agitaron al son de las últimas notas brillantes del Allegretto. El papá abrazó a su hija y la sonrisa escarlata se hizo de nuevo, pero no brilló tanto como las otras dos veces.Hundió la nariz en su sedoso pelo e inspiró fuerte. Esa noche traería otra pieza para su libro, eso sí que le haría sonreír.

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