La cocina nueva

Todavía me acuerdo de aquel día. Imposible no acordarse ¿sabes? Todo ocurrió al mudarnos a esta casa. Viento por las grietas, crujidos de la madera y sombras en las esquinas. Muy acogedor.

Eran ya las tres de la tarde cuando terminamos de subir la última caja al salón. Las dejamos todas en una esquina. La tarde se presentaba entretenida entre un ir y venir de trastos en un salón donde podían correr los caballos. Pero ahora, había que comer.

Mamá se había quedado preparando la comida en la cocina nueva mientras nosotros acarreábamos cajas. Era una cocina rústica de madera, con cientos de estantes, decenas de armarios y un horno de leña. Parecía más la guarida de una bruja donde se fabricaban pociones y no comida rica para una familia de cinco personas. Pero supuse que eso cambiaría cuando se arreglara todo y se le diera una bonita mano de pintura de color.

La verdad es que el aspecto de la cocina sigue siendo el de la guarida de una bruja, la casa entera sigue pareciendo el refugio de un aquelarre entero, pero ¿qué podía hacer yo?

La cosa es, que al entrar por primera vez a la guarida de la bruja, sentí una especie de escalofrío. Comencé a mirar de arriba abajo, a un lado y al otro ¿nadie más notaba esa sensación? Era muy extraño. Al poco de buscar la más pequeña rendija que lograra dejar pasar un poco de aire, mis ojos se centraron en la puerta al sótano. Oscura como una madrugada sin luna y siniestra como lo que era: una puerta oscura a un subterráneo.

— Cielo, lleva esto a la mesa…

Mi madre me apremiaba con un enorme plato de patatas fritas y huevos. Me quedé pasmada mirándolo al principio y luego, conforme avanzaba hacia la salida no dejé de apartar la mirada de la tenebrosa puerta hasta que me pareció ver un tímido destello.

—¿Qué te pasa, flipada?

Mi hermano mayor, con su elegancia de siempre casi se choca conmigo y se lleva el plato por delante. Me lo arrebató de las manos y se fue no sin antes mostrarme su mejor cara de asco.

—¿Qué te ocurre, cielo? Estas muy rara desde que hemos llegado…

—Tengo frío, mamá.

Mi madre me abrazó. Al contrario que yo estaba caliente y reconfortable. Mi cuerpo era un tempano de hielo, estaba tensa como un alambre. ¿Qué era eso que había visto en la puerta del sótano?

—Voy a cerrar la ventana ¿vale?

Y cerró la gruesa ventana del patio. Al hacerlo, una pequeña ráfaga de niebla se coló en el suelo de la cocina y se desvaneció al instante. Tragué saliva.

Ya en la mesa, comimos en silencio. Pero yo no podía dejar de pensar en ese destello. Quizás había una luz encendida abajo. ¿Pero cómo, si nadie había bajado aún? Que yo supiese…

—Chati, ¿quieres un poco de agua?

Mi padre me miraba expectante. Las ojeras se le marcaban a la luz de  la tarde neblinosa que se colaba por el gran ventanal del salón.

—¿Por qué no hemos enchufado la tele? —preguntó mi hermano mayor.

—¡Eso la tede! —imploró la pequeña.

—Voy a por agua…

Mi padre se levantó quejumbroso con un resoplido. Quizás me lo había dicho para que yo fuera a la cocina, pero joder, no quería ir a la puta cocina sola. Sí que hemos empezado bien, me dije a mí misma.

—¡Yo vodi tambié! —mi hermana pequeña saltó de la mesa y se unió a mi padre con un arrebato de expectación. Todo el mundo parecía muy cansado pero satisfecho con este sitio. Pensé rápidamente que si hubiera venido la peque conmigo sí que hubiera ido. O no. Dejé el tenedor en el plato y solté un suspiro de agobio.

—Cielo, ¿no te gusta la comida?

—Sí, lo que pasa que estoy un poco cansada. Voy a esperar a que papá traiga agua.

—Pánfila, mueve el culo y ve tú.

—Cállate, gilipollas.

—A comer los dos.

Empecé a darle vueltas a la yema del huevo mientras los minutos pasaban. Tan difícil no era traer agua ¿no? ¿Por qué tardaban tanto?

—¿Papá?

El vacio me contestó con silencio. Mi madre me miró con preocupación y mi hermano se levantó.

—Voy a por mí agua —dijo haciendo mucho énfasis en el “mi”  mirándome antes de desaparecer por la puerta.

Los pasos dejaron de sonar en el oscuro pasillo. Y volví a mi yema del huevo. Ya eran tres en la cocina, no podían tardar. Miré desesperada la entrada del salón a expensas de que algo pasara por ahí, lo que fuera, incluso si era la criatura que vivía en el sótano que nos terminaría comiendo a todos.

Solté el tenedor del miedo, aquella fantasía se me estaba yendo de las manos. Los minutos seguían pasando. Comencé a sudar a pesar del frío que hacía.

—¿Has terminado?

Me preguntó mi madre levantándose ella también y recogiendo los platos que ya estaban vacíos.

—No…

Al ver que nadie aparecía por la puerta y que mi madre se preparaba para ir a la cocina, mi miedo interno se desbordó.

—¡Mamá! No vayas a la cocina.

—¿Por qué, cielo? —preguntó con la más sincera de las extrañezas.

—¡Papá! —grité con miedo.

Nadie me contestó. Yo tenía a mi madre cogida del brazo.

—¡Johny! —llamé a mi hermano —. ¡Sara!

Sin respuesta.

—Ahora que lo dices, llevan mucho tiempo allí. Se les va a helar las patatas.

Mi madre aprovechó mi desconcierto para soltarse y reanudar su marcha.

—No, mamá. Mamá, no vayas…

Ya era tarde. Con una risa aplastante echó a correr por el pasillo. A día de hoy no entiendo por qué nadie vio mi expresión de miedo, no entiendo aún como mi madre se pensaba que estaba jugando.

Cuando ella alcanzó la cocina, un grito de sorpresa inundó el corredor. Me quedé esperando en la puerta del salón encogida de miedo e intentando escuchar algo pero nada de lo que pudiera pasar allí, en la guarida de la bruja, me llegaba claro. Pasaron minutos antes de que me armara de valor para cruzar el pasillo.

—¡Mamá!

Grité a la oscuridad acostumbrada al no retorno. Avanzaba despacio entre las sombras del pasillo, entre los crujidos de madera y el viento que se colaba entre las rendijas antes de llegar a la puerta de la cocina. Me temblaban las piernas como nunca.

No me gustaba esta jodida casa, no me había gustado y ahora…ahora estaban todos en la cocina. O no. A lo mejor a estas alturas estaban todos en el sótano con la criatura malévola que vivía allí. Seguro. Fijo.

Crucé el umbral casi llorando. Al principio no vi a nadie, después alcancé a ver como todos los miembros de mi familia estaban rindiendo culto alrededor de una gran tarta de chocolate.

—¡La peque ha encontrado la tarta!

—¡He estado  horas haciéndola esta mañana! —añadió mi madre sonriendo.

Me sentí como una estúpida. Definitivamente era una jodida estúpida. Allí estaba mi familia entera comiendo felizmente la tarta que había hecho mi madre con tanto amor, seguramente como bienvenida a la nueva casa y yo, como una paranoica, en el salón temblando de miedo.

Mi padre con la boca manchada de chocolate y con mirada golosa al dulce me dijo que me acercara. Mis hombros se destensaron y casi brincando me uní a ellos. Apenas  me había llevado la primera cucharada a la boca cuando el ambiente pareció normalizarse, y digo normalizarse por decir algo. Todos atentos a la tarta como si fuera lo único importante en el mundo. Mi hermana casi se atraganta y mi hermano como siempre, intentando coger el trozo más grande. Mis padres se miraron con amor, y yo con una sonrisa de alivio y relamiendo la cuchara me giré sobre mi misma, para ir a buscar la tan ansiada agua de la nevera.

Abrí la puerta y bebí un largo trago. La dejé en su sitio y cerré. Rápidamente, preferí no haberlo hecho, porque el resplandor del sótano ahora brillaba más que antes. Me giré alarmada para hacérselo saber al resto cuando de repente mi corazón pareció pararse.

Llegados a este punto de la historia te preguntarás que porqué te sigo hablando a ti, nuevo inquilino de esta casa. ¡Pff! Si tú supieras lo que hay en el sótano, querrías irte. Sí, tú. El que está durmiendo ahora profundamente ¡eo! ¿Me oyes?

¿Sabes que era lo que hizo que se me parara el corazón? Pues eran todos ellos. Mi padre, mi madre, mi hermano y hasta mi hermana pequeña. Todos ellos mirándome fijamente. Al final tenía razón yo y el que temblara como una hoja tenía sentido. Lo que sea que hubiera en el sótano poseyó a toda mi familia. Y aún lo recuerdo vivamente: todos ellos mirándome con un escalofriante destello amarillo en la mirada.

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