La casa flotante

—¡Alfonso! ¡Samuel! ¡No os alejéis mucho! ¿Me oís?

Jamás le contamos a nadie lo que aquel día de verano pasó. Pero volvamos primero al día anterior ¿de acuerdo?

Tú y yo solíamos pasarlo genial en la piscina lazándole agua a las vecinas de enfrente mientras que nuestros padres nos reñían, protagonizando batallas épicas hasta que el sol se escondía por las montañas y jugando a ser los mejores exploradores del lugar…Fue exactamente eso lo que nos llevó a la casa.

Aquella tarde a finales de agosto, fresca como ninguna otra, salimos a regañadientes del agua para merendar cuando descubriste aquel sendero de piedra. Aprovechando el despiste de nuestros papás nos colamos por él para descubrir una bonita urbanización cerrada.

Cubierto todo de jardines verdes, con una calle peatonal a la linde del bosque  y sin ningún ojo espía a la vista. Fuimos los amos del lugar hasta llegar al final de la carretera y pisar el rocoso suelo del bosque. No nos hizo falta adentrarnos mucho para ver la enorme casa de paredes oscuras con pinta de olvidada entre otras dos chalets contiguos de aspecto habitable.

Casa abandonada
Casa abandonada, Treceño (Cantabria). Autor: J.A Alcaide (agosto, 2011).

Nos dejó embobados unos minutos antes de decidir saltar la valla del jardín, pero no hizo falta porque con un empujón de la chirriante verja esta cedió y pudimos entrar. Por entonces no supe describir la sensación, pero hoy día me atrevo a afirmar que era como si nos hubiéramos colado en un agujero de gusano, viajando atrás en el tiempo. Las remotas figuras de mármol rotas acompañaban a la crujiente hierba seca. La atmosfera estaba cargada de quietud, apenas se oía a los pajarillos piar al atardecer. Fue entonces cuando reparamos en el gran ventanal de la parte de atrás. Al asomarnos, una tenue luz parpadeante surgió de la semi oscuridad.

Nos miramos alarmados sin poder creer que alguien habitara allí. Esto fue justo antes de que tu madre nos llamara desde el principio de la calle. Entonces salimos corriendo como alma que lleva al diablo dejando la verja abierta.

Al día siguiente, nada más pisar la piscina nos miramos tú y yo ¿recuerdas? Los dos supimos que era el momento de ir de nuevo a ver esa casa, averiguar quien vivía allí, inspeccionarlo todo hasta que no quedara más por saber de aquel sitio tan particular. Atravesamos el sendero, llegamos a la urbanización, pisamos el bosque y a pesar de estar frente al mismo sitio resultó que aquella tarde a finales de agosto no tan fresca como la anterior, ya no estaba la casa.

Al principio creímos que nos habíamos equivocado pero el asunto estaba claro, las demás casas sí que estaban. Blancas, bonitas y habitables. Pero la casa olvidada de paredes oscuras no. ¡Ni el hueco existía!

Rehicimos el camino el silencio. Y en silencio permanecimos hasta el día de hoy.

—¡Alfonso! ¡Para! —Samuel estaba al otro lado del teléfono escuchando la antigua historia de su amigo. La reconocía perfectamente —. ¿Por qué me estás contando esto ahora? ¿A dónde quieres llegar?

—¡Porque la estoy viendo delante de mí ahora mismo, Samuel! Estoy viendo esa casa desde la ventana de mi habitación.

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