Búsqueda de empleo

—¡Julia! ¡Que tenemos trabajo, Julia!

Carlos entró en la cocina como un torpedo. Extendió la carta a su compañera de piso temblando.

—¡Que tenemos trabajo, Julia! ¡Ha funcionado! —repitió abrazándola.

Julia estaba tan flipada que apenas podía alegrarse. Pues sí que había sido todo rápido. Ni una semana había pasado desde que…

—¿Qué es esto? —preguntó Julia cogiendo un sobre que había debajo de la carta de admisión en la empresa alemana de hoteles Nordseehotel Freese.

—¡Los billetes de avión, Julia! ¡Que nos vamos a Alemania! ¡Que nos vamos a trabajar!

La mañana que cogieron el avión de camino a su nueva vida Julia no podía sentirse más triste, aunque intentaba disimularlo como podía delante de su exaltado amigo. Era una tristeza extraña. Nada que ver con el desapego de la tierra, ni con la nostalgia, ni con el miedo a lo nuevo… bueno sí, quizás sí que era algo de miedo, pero por lo que había pasado hacía menos de una semana.

“No deberíamos haber hecho eso” se dijo así misma, reprochándoselo. Inquieta en su asiento y mirando el fondo de nubes esponjosas y grises de la atmosfera, también caviló sobre la idea de que si no hubiera pasado aquello no estaría sentada ahí, de camino a Alemania. Así que se relajó en su pequeño sillón, encajó las rodillas en el asiento de delante y cerró los ojos.

Cerró los ojos antes de ver el horrendo rostro que se formaba en la borrasca de abajo, y que solo tenía ojos para Julia y para Carlos.

La vida en Alemania era la repera. No hacía el calor sofocante que en Madrid por aquellas fechas, a finales de julio, los inundaba por las noches. Allí, en el hotel, tenían una suite para ellos solos. Eran empleados de mantenimiento, no teniendo que pagar gastos de alojamiento, ni de luz, ni de gas, ni de agua… Casi todo el sueldo era íntegro.

“Ha funcionado, Julia ¿no es genial?”

Habitaciones como apartamentos, suelos de mármol, alfombras indias, paredes melocotón, arañas brillantes, servicio de cocina, salones lujosos, lavandería, piscina, jardines, atardeceres entre nubes de brisa refrescante…y miedo.

“¡Que suerte hemos tenido, Julia! ¿verdad?”

Y el dichoso eco. La voz de su amigo cerciorándose de toda aquella felicidad acompañada de una horrible sensación de malestar. Desde el primer momento. Desde que hicieron aquello…

No fue hasta la segunda semana cuando Julia se asustó en serio. Pero en serio de verdad. Ya había visto en alguna otra ocasión a Carlos comportarse de manera extraña. Desde hacía dos días cerraba a cal y canto la puerta del baño de la suite en la que dormían. La noche anterior cerró todas las puertas de los baños de la planta. Ella le había preguntado qué era lo que le ocurría, pero él siempre le daba largas excusándose en las corrientes y los malos olores del baño que Julia no llegó a percibir nunca.

Las esquinas cada día se mostraban más oscuras y Julia entrecerraba los ojos al cruzarlas pensando que quizás podía saltarle algo malo encima. A veces eran sombras,  otras veces eran voces.

Era jueves cuando ocurrió lo realmente alarmante. Carlos estaba limpiando las hojas muertas de la gran piscina en la parte trasera del hotel, cuando de repente soltó un grito ahogado. Varios huéspedes alzaron la vista con miradas de confusión.

Julia, que se encontraba justo debajo del edificio, salió para ver que ocurría. Todas las ventanas de todas las habitaciones del gran hotel rural se abrían. Una por una. Con violencia.

Paf. Paf. Paf.

Con un ritmo constante hasta llegar a la última. Julia miró a Carlos que se encontraba al otro lado del jardín. Su amigo tenía la cara blanca. Varios turistas se refugiaron dentro del edificio mascullando maldiciones entre dientes. Aquello ya era demasiado.

Esa noche discutieron.

—¡Que no, Julia! ¡Que no es por eso! —insistía Carlos cansinamente —. Olvida lo que hicimos, ¿vale?

Julia insistía en que todas esas ventanas las había abierto ella… en fin, aquella cosa. Aquella cosa a la que tenían que estar agradecidos por haberles encontrado trabajo, por hacer que su suerte cambiara… sin saber a qué precio.

La discusión acabó en tablas, decidieron cenar y ver la televisión antes de acostarse. Carlos aún no había comenzado su ritual de cerrar los baños y a Julia le pareció extraño. Justo estaba dando la primera cabezada cuando los ojos se le pusieron como platos y un tremendo chillido inundo la suite. Unos pies putrefactos asomaban por debajo del sofá lentamente seguidos de unas piernas delgadas y llenas de moho.

Parpadeó y ya no estaban.

—Carlos, ahí abajo, te juro que he visto algo…

Carlos, la mar de asustado, bajó a comprobar el sofá.

—No hay nada, Julia. Estás cansada, deberías de dormir. Deberíamos de dormir los dos.

—Carlos, ¿no te das cuenta? Nos está persiguiendo ¡Ella nos persigue! ¡Ella nos ha dado trabajo y ahora quiere nuestra alma!

Carlos cogió a su amiga de los hombros y la zarandeó efusivamente. Algo en su mirada sabía que ella decía la verdad. Julia sollozó.

—Voy a cerrar los baños y nos vamos a ir a la cama, ¿me oyes?

Soltó a su amiga temblando, se giró hacia el baño y accionó el interruptor de la luz. La bombilla no respondió. Carlos hizo presión varias veces pero la luz solo hacía pequeños amagos de encender. Parpadeaba.

—¡A la mierda!

Carlos iba a cerrar la puerta, pero la puerta no cedía. Entonces, ahora sí, la luz se encendió más brillante que nunca. A través del espejo, pudieron ver como alguien

o algo

estaba en el baño, frente al espejo.

—Carlos, es ella… viene a por nosotros…IMG_0843

Julia estaba llorando. Carlos, blanco como la leche, intentó cerrar la puerta de nuevo cuando de repente Ella se giró y los miró.

Julia tenía razón. Ese algo era  la Diosa de las profundidades a la que habían invocado para que les diera suerte en su búsqueda de empleo. Pero, no solo tenía razón en eso, también acertó con su fin: cobrarse las deudas y robarles el alma.

La vida en Alemania era la repera. No hacía el calor sofocante que en Madrid por aquellas fechas, a finales de julio, los inundaba por las noches. Allí, en el hotel, tenían una suite para ellos solos, bueno en realidad ahora tenían todo el hotel para ellos solos. Ya no eran empleados de mantenimiento, y tampoco pagaban gastos de alojamiento, ni de luz, ni de gas, ni de agua… Aunque se hubieran quedado atrapados allí, todo tenía sus ventajas. Carlos y Julia ya no tendrían que preocuparse por buscar empleo nunca más.

Basado en los sueños y aventuras de Yohana y Karny Milenio.

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