El Trauma de Dori

Voy a contaros esto mientras las pastillas me hace efecto, ¿vale? No tengo mucho tiempo pero mi historia tampoco lo requiere.

Creo que la vi por primera vez hace dos años. Sí, eso creo.

Era una fiesta de cumpleaños de esas preciosas con lazos de colores y purpurina, con muchos niños y jaleo. Yo estaba sentada en un rincón mirando el barullo con apatía mientras rescataba limonada del fondo de mi vaso a sorbetones con una pajita, cuando de repente alguien me tiró del pelo. Me giré para ver quien andaba detrás de aquel inocente zarandeo pero solo pude verla de refilón.alisa-Bragina6434439

Era una niñita pequeña preciosa con el pelo largo y oscuro y unos ojos claros demasiado grandes para su cara tan pequeña. Era la más enana de entre todos y rápidamente me pareció que estaba fuera de lugar, pero la verdad es que no le presté demasiada atención aunque me la llamara.

Tres semanas después volví a verla. Esta vez en el supermercado. Estaba yo mirando la fecha de los yogures de frutas cuando de soslayo, en la esquina de la leche, estaba ella. Destacaba de una forma inusual con aquellos cartones blancos de fondo. Me miraba profundamente.

Confieso que me dio un poco de miedo al principio pero al reconocerla la saludé con un tímido “hola”. Ella no contestó, siguió mirándome con esos enormes ojos hipnotizantes y tras unos segundos de incomodidad, con una mirada decepcionada, desapareció por el pasillo mirando continuamente hacia atrás. Hacia mí.

Desde aquel momento pasé a ver aquella niña casi a diario, como mucho cada dos días. Empecé a buscar a sus padres pero ella siempre iba sola y cuando intentaba acercarme, ella corría y corría. Al día siguiente, volvía a verla y al otro también. Pensé que era mi vecina. En el parque, en el instituto, a la entrada de la casa de mis amigas, a la salida del cine cuando ya era de noche…

El día que la vi en la puerta de mi casa ya fue demasiado. Eso fue hace un año. Se lo dije a mi madre y cuando abrimos la puerta de nuevo ya no estaba. La noche en la que la vi volviendo a casa de madrugada pensé en llamar a la policía pero por alguna extraña razón no me apetecía. Cada vez que la veía, por mucho que la observara de lejos, ella solo se limitaba a mirarme con esos ojos enormes, por entonces no se acercaba demasiado. Pasó el tiempo y a pesar de seguir viéndola en los sitios más inhóspitos, aunque solo fuese de pasada, me pude fijar en que ella no crecía y en que cada día su pelo era más negro, sus ojos más claros y su espalda más encorvada. Ya no era la niñita pequeña y preciosa que conocí en aquella fiesta.

La noche en la que me levanté a hacer pipí y ella estaba sentada en el bidé abrazando sus rodillas y balanceándose levemente, pude comprobar con asombro que no me sorprendió para nada encontrarla allí.

Haciendo los deberes, leyendo, cenando, mirando la televisión…a veces conseguía subírseme encima de la espalda ocasionándome unos dolores terribles al día siguiente. Ya no me atrevía a decirle nada. Ya era demasiado tarde.

He dejado de salir con mis amigas, ya no me apetece comer y ni hablemos de dormir bien. Cada vez que me despierto ella está ahí, subida en mi pecho mirándome con esos enormes ojos.

—¿Por qué no te matas ya, Dori? —me susurró infantilmente por primera vez la noche pasada—. Me estoy cansando de perseguirte.

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