El duelo del pianista

Le conocí aquella mañana de junio. Era una fiesta importante aunque la verdad es que no me apetecía ir lo más mínimo. Lirios y geranios blancos cubrían todas macetas de aquel impresionante jardín. Había sirvientes por doquier todos ataviados con chaquetas blancas y pantalón crema. Champan, fresas y arándanos. Risas flojas, parasoles de tela con borlas y vestidos pomposos hasta el suelo. Voces cantarinas a lo lejos acompañando a las veraniegas sinfonías de los gorriones. Rayos de tímido sol chocando suavemente en las aguas intranquilas de la fuente de las Siete Diosas. También había un piano. Un piano de cola blanco.

Él no iba de blanco. Vestía de negro y lucía una espectacular media sonrisa en cada acorde. Reconocí sus notas. Notas discordantes en aquella soleada mañana de junio. Un preludio de “Gotas de lluvia” en re mayor llenaba todo el jardín. Lúgubre pero hermoso. Frédéric Chopin ha vuelto para quedarse, señoras y señores.

piano1

Nos presentaron después de su recital y justo unos meses después nos comprometimos. Nuestra casa, pequeña pero bonita, tenía dos plantas. Yo podía campar por todos lados pero el salón era de él. Las partituras llenaban los sillones y las paredes. El piano de cola blanco brillaba junto al ventanal, en medio de la sala. Tocaba días enteros pero cuando más le gustaba crear era por la noche. Tras el atardecer, los tímidos rasguños de la pluma volaban en el aire silencioso junto al polvo de las estanterías y mis ojos que se paseaban de un lado a otro sobre sus escritos. Yo remendaba viejos manteles y él, de vez en cuando, hacía sonar una tímida nota en el aire. Pero solo era para comprobar que lo estaba haciendo bien.

Murió justo después de casarnos. Lloré tanto en su funeral que al volver a la casa esta se me echó encima y estuve durmiendo cerca de una semana. Al despertar en la madrugada un atontamiento se cernía sobre mí y por un momento quise pensar que todo aquello no había pasado. Pero entonces oí la pluma rasgar el papel en el piso de abajo. Guardé la respiración expectante mientras mi corazón se inundaba de una alegría inmediata. Y ahí estaba, la nota de confirmación.

Casi tropiezo con los últimos peldaños de las escaleras. Nada más bajar me pareció que todo estaba demasiado oscuro e inquieto pero no me detuve, abrí la puerta del salón. Nadie había al otro lado. La nada y la oscuridad de la madrugada se volvieron a  tragar mi corazón en las más profundas tinieblas. Entre lágrimas silenciosas encendí las velas y me senté en la banca del piano. Toqué una tecla al azar y las velas se apagaron al instante.

Asustada, volví a la cama y me tapé con las sábanas hasta el amanecer. Y así ocurrió a la semana siguiente. El mismo día a la misma hora. Pasaron meses sin cesar el ritual, es más, ahora no sonaba una nota de confirmación. Lo hacían varias, formaban acordes en la quietud de la oscuridad. Ahora cada noche podía oír tintinear de nuevo las “Gotas de lluvia” una y otra vez. Y hasta que no me levantaba y abría la puerta del salón, la siniestra melodía no cesaba.

Me volví a casar a los dos años de su muerte, tuve dos hijos, hice trasladar el piano a un museo y nos mudamos de casa, de calle y de ciudad. Pero queridos, eso no fue suficiente. Para nada bastó lo más mínimo. A día de hoy, todavía en las noches más oscuras, el viento no es capaz de acallar la dichosa melodía en re mayor. Llenando de suspiros y ensoñaciones la más eternas madrugadas manchadas de “Gotas de lluvia”.

Prelude nº 15 0p 28 Gotas de LLuvia (Frédéric Chopin)

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