Fantasmas en la Universidad

Fue la primera cosa que escuché al llegar aquel día a la facultad. La gente hablaba por los pasillos, en los descansos, en el almuerzo de la cafetería, en las cervezas de media tarde, en los baños… incluso creo que algún intrépido llegó a escribir un artículo sobre el niño sin ojos.

Sí, el niño sin ojos. Pero no os preocupéis, está muerto. Es un fantasma que ni siquiera es de mi facultad, es de la facultad de al lado. En la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga se había visto por la noche a un niño botando una pelota, una pelota que sonaba metálica. Las cuencas de sus ojos estaban vacías como un pozo seco y a más de un alumno había causado una fuerte conmoción al creer verlo al anochecer por los recovecos más oscuros, entre las columnas.

Facultad de Filosofía y Letras, (Málaga)
Facultad de Filosofía y Letras, (Málaga)

No os voy a engañar. Me encantan los fenómenos paranormales. Y también me encanta mi asignatura “producción y realización audiovisual”, ¿os lo podéis imaginar, verdad? Teníamos que hacer un trabajo y la historia estaba candente. Nico, Alan y yo esperamos a que el sol se pusiera detrás de las montañas, y cuando todo el mundo se hubo pirado del Campus, los lobos salieron a atacar. La facultad de Filosofía y Letras era la única facultad que permanecía abierta durante la noche, ya que sus pasillos estaban al aire libre. En el centro, millares de plantas rodeaban las columnas griegas de cemento a través de los pasillos. Parecía un corredor abandonado. Estaba seguro de que podíamos encontrar algo allí. Algo bueno. Algo tan bueno como una matrícula de honor.

Nos fuimos directamente a las zonas donde la gente decía haberlo visto: en el césped de atrás, en la zona de los jardines, cerca del decanato… Pero precisamente todo pasó en el centro. En los pasillos.

—¿Habéis oído eso? —pregunté.

Nico y Alan afirmaron en silencio en la oscuridad.

—No dejéis de grabar.

Habíamos cogido el equipo de la facultad. Las grabadoras eran potentísimas y las cámaras, aunque no fueran de demasiada calidad, sí que tenían visión nocturna. Podía ver mi figura resaltada en verde en uno de los monitores de cristal líquido de Alan.

—Si hay alguien aquí, ¡manifiéstate! ¿Eres tú el niño del que habla todo el mundo?

El silencio parecía inundar los pasillos en aquella noche sin brisa de noviembre. Un quejido lejano de lo que parecía ser algo metálico nos hizo ponernos a todos en alerta.

—¿Qué coño ha sido eso? —Preguntó Nico—. ¿Eres tú, niño?

—Espera. Vamos a escuchar la grabadora. A lo mejor esta ha grabado algo que nosotros no hemos podido escuchar.

Puse la grabadora a rebobinar y le volví a dar al play:

“—Si hay alguien aquí, ¡manifiéstate! ¿Eres tú el niño del que habla todo el mundo?

*Ruido de pelota botando*

—¡Marchaos!”.

Miré a Alan y a Nico con el terror dibujado en la cara. Una voz de un niño había dicho claramente “marchaos” tras oís una pelota botar.

—Tíos, me abro.

Nico se quitó la cámara y me la echó al hombro.

—¡Nico! ¡No te vayas! Piensa en la cara de Ramírez cuando vea nuestro trabajo.

Antes de que Nico nos mandara a la mierda de nuevo y desapareciera escaleras abajo, lejanamente, una voz de un niño riéndose nos llegó a los oídos otra vez.

—Tío enciende la grabadora, joder —me instó Alan.

Era una noche fría. Ahora el ambiente en los pasillos de la facultad de Filosofía y Letras era como un congelador. Una extraña neblina marina comenzaba a cubrir parte de las calles. La luz de las farolas cada vez era más tenue. Tras llevar un rato dando vueltas y sin ninguna proeza paranormal más, comencé a desesperarme.

—Alan, separémonos—le dije—. Vete por ese corredor y yo iré por el otro. A lo mejor al ir juntos el fantasma se intimida más.

—Tío, estás loco. Ya tenemos suficiente para la clase del lunes…

—¡Una más, Alan! Solo una.

Alan titubeó un poco pero finalmente, sin mediar más palabra, entró en el corredor izquierdo. Satisfecho continué mi camino por el otro pasillo. Tras minutos grabando, sin oírse nada ni percibir nada, un aullido se escuchó a lo lejos. Rebobiné mi grabadora:

—Eres el último.

Me quedé tan helado que tardé segundos en contestar.

—Ha dicho “eres el último”… —expliqué a la cámara.

Puse de nuevo la grabadora para que mis compañeros de clase pudieran oír el audio la semana siguiente. Íbamos a ser los héroes. Sí, tío. A lo mejor hasta nos entrevistaban en el Sur.

—Al fin solos.

Eso lo escuché sin necesidad de grabadora. Me giré agitado y le grité a la nada:

—¿Qué has dicho?

Tomé la cámara de nuevo y comprobé para mi terror que la imagen se había quedado congelada en mi explicación del audio anterior. Al escrutar más detenidamente la imagen, con una sensación de mareo, comprobé que una siniestra sombra se dibujaba detrás de mí. La sombra tenía dos grandes huecos negros por ojos. Cogí mi linterna.

—¿Quieres jugar? ¡Maldito niño estúpido!

Mi voz sonó temblorosa en el aire gélido. El vaho de mi suspiro se extendió frente mi cara.

—¡Alan!

Corrí por el pasillo hasta llegar a bordearlo y alcanzar el corredor contiguo. A primera vista Alan parecía no estar allí. Le llamé de nuevo, le supliqué que se dejara de tonterías, que nos fuéramos. A mitad de camino, frente al pabellón del aula 14 estaba tirada la cámara de compañero, sin batería. Me empecé a encontrar fatal. Algo había allí que no debía estar.

—¡Alan, joder! ¡Vámonos de aquí!

Suspiré entre el vaho y la niebla cayendo de rodillas al congelado suelo. Lo único que vi antes de perder la conciencia es al niño. Sí, el niño sin ojos me estaba mirando con sus cuencas vacías y se reía como un condenado. Se reía con su pequeño cuerpo incorpóreo convulsionando. La pelota no dejaba de botar en algún sitio.

Ahora la pelota la oigo cada día y él se ríe dentro de mi cabeza a cada minuto.

“¡Al fin puedo ver! ¡Ja já! ¡Tengo ojos!”

La leyenda se perdió entre los rumores triviales. Nadie jamás volvió a ver al niño sin ojos de la Facultad de Filosofía y Letras. Ni a mí tampoco.

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