Bailarina de los mares

Sucedió la mañana de la muestra. Sí, ya sabéis. Esa muestra que se hace todos los años para que tus compañeros vengan a reírse de ti. Sí, esos gilipollas de mierda que se creen bailarines de verdad. Como si alguien bailara bien en esta puta escuela. A veces vienen aspirantes a entrar con caras inocentes que te miran con las bocas abiertas, es fácil reconocerlos. Y también algunos profesores. Tus antiguos y nuevos maestros con miradas afiladas. Juzgándote.

La cosa es que después del croisé de varios minutos hice mi esperado sissonne fermée. La música de Vivaldi rozaba el límite de los decibelios permitidos para que no se escucharan los zapatazos de mis enormes compañeros. El público, entregadísimo. Cada uno a su manera, ya sabéis. El trago iba pasando, sí señor. Ahora solamente quedaba el porté arabesque final. Yo saltaba en quinta posición y el gorila de mi compañero me cogía por la cintura mientras él saltaba en segunda. Sous-sus con brazos en allongé  al bajar y la diagonal. Ti ti ti ti ti ti ti ti. Attitude delante, atittude detrás con brazos en tercera y a tomar por culo, señores.

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Me quitaría las mallas, me daría una ducha y volvería a casa a cenar y a ver mi serie favorita. Ya está. Eso es. Pero no. Yo me quedé en el dichoso porté. Ese salto de infarto donde todo el mundo contiene la respiración y si mi amigo el gorila se resbala yo me pego una hostia de campeonato. Sucedió rapidísimo. Estaba en lo más alto del porté arabesque, mi amigo saltó y con mirada suicida miré el techo. Pensé que me la iba a pegar pero en lugar de eso, me mojé. Sí, tal cual lo estáis oyendo. ¡Sumergí la cabeza en agua! ¿Que cómo? ¡Joder, ni idea! Pero casi me ahogo, ¿vale? Fueron solo un par de segundos y cuando volví ya estaba abajo. Por inercia realicé las attitudes y fin.

Nadie aplaudió. Todo el mundo se quedó mirando mi cara de horror y cómo churretones de agua, salada por cierto, me caían maillot abajo mientras intentaba mantener mi postura en tercera. La gente no me preguntó demasiado. Como mucho algún puto gracioso dijo “¡vaya tía! si que sudas, ¿eh?”. Mi cara de mala hostia alejaba gente.

Al día siguiente volví al aula. La había reservado especialmente para mí con la excusa de ensayar mis pasos para el taller de final de curso. Calenté, estiré y puse la música. Cogí el palo enorme que solíamos usar en clase de acrobacias y empecé a tocar el techo con él.

Pom. Pom. Pom. Pom. Pom.

Parecía estúpida. Estaba intentando buscar el punto en el que mi amigo me había porteado.

Pom. Pom. Pom. Pom. Pom.

Justo cuando estaba golpeando más fuerte por el enfado casi me como el suelo de linóleo. El palo se había chupado hasta la mitad mientras que un chorrito de agua comenzaba a caer por mi brazo. Moví el palo de un lado a otro y un caño de agua cayó sobre mí haciendo un ruido enorme. ¡Oh, Dioses Olímpicos! No sabéis cuanto flipé. Después de pensármelo un poco cogí una placa de madera de estas que usamos para hacer los cambios de escena, escalé por ella y metí la mano… en el techo. Era como si hubiera metido la mano en una piscina muy fría. Metí el codo y después el hombro. Era increíble cómo estaba atravesando la dura pared. Justo me quedé mirando donde desaparecía mi brazo, cuando de repente una fuerza superior me chupó. Así, tal cual. Me tragó. Lo próximo que recuerdo es una bocanada muy honda de aire en medio del mar. El sol picaba como sus muertos y el agua estaba helada cómo sus muertos también. El grito que di fue insuperable. ¿Cómo mierda había pasado de mi clase de danza a un mar en medio de la nada?

La cosa es que después de un rato empecé a imaginarme que había tiburones y esas cosas y comencé a asustarme de verdad. Si no llegaba a Tierra pronto, la palmaría fijo. Pero entonces apareció este barco. Y de verdad que no tengo ni puta idea de quienes sois vosotros, yo solo quiero volver a mi clase de danza y ensayar mi coreografía, de verdad. No puedo arriesgarme a suspender el taller. ¡No sé dónde está vuestro tesoro! ¡Y tampoco soy un hada del mar! ¡Soltadme!

Don Perico y Pati Corto bajaron las espadas y se quedaron mirando a la niña que colgaba atada de la tabla a la linde del océano.

—Mi capitán, no es por desobedecer sus órdenes, pero creo que esta chiquilla no tiene ni idea de donde está el tesoro.

—¡Cállate, Pati Corto! ¡Soltadla, hombres!

Don Perico se dio la vuelta ofendido y derrotado mientras que sus hombres se apresuraban en rescatar a la rehén.

—Nos vendrá bien una cocinera.

—¿Qué? ¿Una cocinera? ¿Qué dice este imbécil? ¡Soy Caroline! ¡Y soy estudiante de danza! ¡Y de canto! ¡Y de interpretación! ¡No soy cocinera de nadie!

El grito de Caroline se perdió en los rincones más inéditos de las islas del Pacífico Sur sin imaginarse todavía las miles de aventuras que viviría.

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