La realidad es fruto de nuestra imaginación

Un precioso niño, demasiado pequeño para acordarse, con sus mofletes redondos, su mirada inquieta y sus balbuceos tenaces, descubrió un día una cosa.

Todos los días descubría algo (es lo que tiene estar en la etapa de descubrir) pero ese algo era tan bonito, que en vez de viajar por algún sitio común de su cerebro, se alojó en un lugar más desconocido y oscuro. Le hacía cosquillas y le producía el mismo calor en el corazón que cuando su mamá le daba un beso antes de acostarse. O cuando su papá llegaba de noche a casa y él se ponía a patalear para que lo aupara en el aire. Esa emoción. Esa felicidad. Esa naturalidad (¡qué cosa!)

Al crecer, ese algo tomaba colores diferentes, hasta que un día alcanzó todas las tonalidades de colores que le gustaban. Era bonito soñar e imaginar que lo tocaba, que lo acariciaba, que él mismo estaba ahí dentro en ese paraíso de color, de sonidos y de olores mágicos. Pero en algún momento eso se apagaba porque había cosas que hacer: deberes, recados… Solo podía esperar a que esa cosa apareciera en su cabeza atraído por algo “no tan aburrido” de fuera. Entonces, ansiado de su presencia, decidió que si lo compartía y lo sacaba de ese sitio secreto en su interior, estaría más presente.

Y lo compartió.

Una vez, dos veces…tres, cuatro…diez… (¿Eso no es muy difícil?)

Perdió la cuenta en algún momento. Y sí, estaba más presente, pero por alguna razón a los demás no les parecía tan genial ¿cómo no eran capaces de ver su magia y sus colores? Y entonces, al no alimentarse, eso se fue apagando lentamente… (¡Escoge algo más sencillo!).

Hasta que un día alguien le dio un manotazo y ese niño lloró. Esa cosa tan preciosa ya no brillaba tanto y ahora se había roto (¡Es imposible! ¡Olvídate!). Con sus finitos y torpes dedos, empezó a intentar reparar su precioso mundo de luces.

Pasó aún más tiempo, y sin saber exactamente qué es lo que estaba haciendo mal, se le volvió a caer. Y se le cayó muchas veces, porque además al pobre siempre se le caía después de haberlo arreglado.

Y, claro, un día ya no quería repararlo más. (¡Elige otra cosa, hombre! ¡Sé realista!).

Entonces aquello se apagó.

Lo que no sabía ese dulce niño de mofletes redondos, mirada curiosa y balbuceos tenaces era que eso estaba alojado en un sitio mágico de nuestra alma y aunque se apague y se rompa, siempre va a estar ahí.

Pero esto ya no lo descubrió hasta que hubo pasado mucho más tiempo (qué impertinente el tiempo este, oye…). Un día, un destello luminoso resurgió de algún sitio, y después de buscar entre la multitud de paparruchas feas, usuales y aburridas, lo vio.

Con ilusión y tesón reparó de nuevo, con sus deditos pequeños, hasta el último ápice de esa cosa. Y sí, lo compartió. Pero ahora podía protegerlo ¡y luchar! Seguía recibiendo golpes, porque hay momentos que no puedes evitar que pasen, pero ya no eran suficientes para desmontar su fantástico mundo de luz.

— ¿Y qué pasó, abuelita Caroline?

— Descubrió, querida, que la realidad es fruto de nuestra imaginación.

— Pero abuela, hay una cosa que no entiendo… ese niño creció, ¿no? Dejó de ser un niño.

— No, cariño. Dentro de ese sitio oscuro y secreto nunca se deja de ser un niño. Y gracias a ese niño, este hombre pudo encontrar su sueño.

Anonadada, la niña se quedó mirando a su abuela con ojos pensativos, mientras sujetaba entre las manos y el pecho su propia cosa de colores, que ahora tenía una pequeña primera grieta.

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“Si tú también sientes esa cosa brillar dentro de ti, ¡comparte esta historia para que nadie nunca se olvide!” #SalvatuSueño

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