Episodio 1. Tenemos una radio.

—¡Aquí! ¡Hoy! ¡Ahora! La radio más increíble de la ciudad, solo por esta noche, retransmitiendo el alucinaje en directo.

—Es “alunizaje”.

—Solo para ti.

—Pili…

—Amado espectador que nos escuchas desde tu sofá, tu jardín o tu váter…

—¡Pilar! ¡Basta! ¡Para un momento!

María aprovechó el despiste y le arrebató el micrófono a su hermana mayor.

—¡Cambio y corto, óyeme!

—¡María! ¡Se dice “oyente”! No la líes, tía.

—¿Podéis callaros las dos, por favor? —susurró violentamente Antonio, el hermano mayor de mirada triste.

—¡Eres un aguafiestas! —espetó Pilar, la mediana. Tenía el pelo rubio lleno de trencitas acabadas en lazos de colores. Sus gafas de montura blanca eran tan grandes que apenas podían vérsele los ojos marrones —. ¿Qué quieres? ¿Comentar tú? ¡Pues hazlo! Tienes la sección de los deportes, ¡eso debería bastarte!

María, la más pequeña, metiéndose un mechón de pelo rizado rubio en la boca, miraba la escena como si fuese un entretenidísimo partido de tenis. El último set y partido.

—¿Niños? —preguntó una voz sibilina más allá de las paredes.

Era ella. Los tres hermanos miraron, congelados, el lugar más cercano de la procedencia de la voz. Los pasos se alejaron escaleras arriba.

Un suspiro general llenó el pequeño hueco en el sótano en el que estaban escondidos. Una claraboya era capaz de iluminar el pequeño espacio con los tintes rosados del atardecer. Desde que se habían mudado ese era su cuartel general y base secreta. Ni su padre, que apenas pasaba tiempo en casa desde que su madre se había… bueno se había ido a dormir a un sitio muy bonito y acogedor del que no podía volver, ni ella, la otra mujer, habían descubierto.

—La odio —dijo Antonio recolocándose su vieja gorra de pescador, herencia del abuelo Juan.

—Calla, te puede oír… —susurró Pilar. Todos sus trenzas se sacudieron violentamente cuando giró la cabeza hacia su hermano.

—Por eso te decía que te callaras, imbécil —le replicó Antonio.

—¿Creéis que podemos cenar croquetas? —preguntó María, aún chupando su mechón de pelo. Tenía hambre. No habían merendado.

Ambos hermanos la miraron. Aquella noche era especial porque su padre les había dicho que irían unos cuantos amigos a casa a ver a un astronauta por la tele. Eran una de las pocas familias que tenían televisión en la barriada. 

—Hoy un señor va a pisar la luna, María —explicó Pilar, mientras le apartaba el mechón de la boca, dulcemente. Todavía era incapaz de sonreír. Hacía un año que no podía hacerlo —. Creo que habrá mucho más que croquetas.

—¡Bien! —dijo la niña. Cogió de nuevo el micrófono —. ¡Hoy croquetas en la luna! Tu radio más guay del barrio.

Ambos hermanos mayores se rieron pero de nuevo los pasos de ella se notaron acelerados más allá de la pared.

—No sé dónde diablos estáis metidos pero salid. Tenéis que preparar la mesa y poner los platos. Viene mucha gente a casa. Le diré a vuestro padre que no me habéis ayudado en nada —la otra, respiró, pensando —. Si no me ayudáis se lo diré a vuestro padre y os castigará. ¡Moveos!

Por entonces ellos no lo sabían pero la voz de la otra temblaba, muy sutilmente. No era una malvada. Los tres hermanos se miraron entre ellos y, soltando el micrófono con cuidado, dejaron la señal abierta para volver conforme pudieran escaparse de nuevo a aquel rincón de paz. A aquel rincón en el que mamá parecía no estar muerta todavía.

Al otro lado, una voz muy lejana se intuía libre y llena de paz, casi queriendo rozar las estrellas. María se volvió en el hueco que separaba la realidad de su base secreta y, de rodillas, se quedó mirando el aparato resonar. A pesar de las distorsiones, la voz parecía estar cantando despacio, muy flojito, como si nadie quisiese que le escuchasen la canción de “Cuéntame” de Fórmula V. Todo un éxito.

María se quedó anonadada delante de la radio hasta que la señal se perdió en la noche. Esa fue la primera vez que conoció a Carolina.

Carolina estaba cantando “Cuéntame” muy flojito en su cuarto, en la última planta de su caserón. La antigua antena de su padre era su juguete favorito, aunque quizás había disfrutado más arreglándola con él aquellas horas perdidas en el garaje hacía ya un mes, justo cuando acabó la clases.

—Una radio para mi pequeña —había dicho su padre, orgulloso —. Además tengo otro regalo para ti.

Y ante los ojos brillantes de Carolina, su padre sacó una pequeñísima televisión anclada a una caja metálica azul brillante.

—¡Papá! —había chillado ella, muy feliz.

—Para el cuarto de mi chiquitina —había dicho su padre rebosante de felicidad.

Carolina entendería más tarde que aquel aparato iba en la dirección contraria a la que ella quería que fuesen las cosas. La televisión, sí. Y la radio. Bueno al menos la radio le daría alguna alegría aquel verano del 69.

—Carolina, hija… ¿Estás cantando? 

Su madre, embutida en un traje anaranjado, con su moño hecho y unas elegantes zapatillas de tacón de “estar por casa”, entró en el cuarto sin llamar. El sol por entonces había empezado a derramarse entre las montañas. Carolina solo quería ver la luna. Estaba convencida de que si se esforzaba, con sus prismáticos (también regalo de su padre) podría ver a la tripulación pisar la luna desde su ventana.

—No, mamá —mintió la niña.

—Pues venga a cenar. Que ya mismo pisan la luna, cariño —dijo su madre, sonriente. Olía a magnolias —. Venga, amor. Es un evento histórico.

Carolina apagó su televisor y su radio y obedeció a su madre. 

Sí, era un evento histórico para la humanidad, pero también sería una noche histórica para ella. Sería la primera vez que vería un fantasma… o al menos, lo oiría.

Al llegar al salón de su hogar, una oscuridad incipiente se arremolinó alrededor de la mesa. La cena estaba servida. La televisión puesta con la retransmisión en directo en el previo del programa especial de “la llegada del hombre a la luna”. Decían que Neil Armstrong pisaría la polvorienta superficie lunar a las 2 de la mañana, hora española. Carolina sabía que sus padres se acostarían mucho antes.

Su salón estaba absolutamente desierto y en silencio.

Dirigió tímidamente la mirada hacia la ventana. Al menos, una decena de personas acababan de entrar en la casa de la vecina de enfrente. Una decena de personas cargadas de cervezas y patatas. Reían y hacían bromas. El salón de la vecina rebosaba luz. Tres niños corretearon en el jardín, gritando. Jugando.

Carolina volvió la cabeza a su plato y fijó la mirada en el previo del momento más memorable de la historia moderna. Al menos eso, el que se puede contar. El que la humanidad sabe.

.   .   .

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