EPISODIO 2. Tenemos una noche.

—Antes he escuchado a mamá —le dijo María a su hermana, por lo bajo.

 

Todo el mundo en el salón estaba armando barullo mientras que en la televisión se sucedían imágenes del presentador y de la luna cada vez más cerca.

 

—Estaba cantando una canción… —insistió María al ver que su hermana no le hacía caso.

 

Antonio la cogió y la separó del grupo.

 

—¿Por qué dices eso? —le preguntó. Intentó ser neutro pero no pudo evitar que se le escapase algo de compasión por su hermana y de tristeza… por él.

—¡No es mentira! —gritó la niña, ofendida.

—Ey, ey… —dijo el chico cogiéndola por los hombros —. No pienso que sea mentira, pero sí que pienso que puedes habertelo imaginado…

 

Hacía calor. No era una noche especialmente fresca y aunque tuvieran todas las ventanas y puertas de la casa abiertas, apenas se notaba corriente. María se levantó y se fue chillando de rabia al jardín. Antonio la siguió.

 

—¡Yo también echo de menos a mamá! —dijo él, alcanzándola.

 

La niña se puso a llorar y Antonio la cogió, la aupó y la abrazó. La luna, a mitad de su totalidad, brillaba sin saber que en unas horas un humano plantaría en ella un bandera. Antonio la observó intentando no llorar.

 

—Ha sido la base secreta. Ella estaba allí —dijo la niña, susurrando entre lágrimas.

—Te creo, pequeña —dijo Antonio simplemente.

 

Pilar, al ver la escena desde la puerta del jardín, se unió a ellos en un abrazo.

 

De pronto, una voz muy flojita salió desde algún rincón, cerca del sótano.

 

—Nos hemos dejado la radio encendida —susurró Pilar.

 

Los tres corrieron al sótano y allí, en medio de la oscuridad, una pequeña voz sonaba desde lejos. Antonio encendió una vela y María, sonrió.

 

—¡Hola! —saludó la pequeña al micro.

—¿Qué haces? Se ha cruzado la señal con otra radio —le explicó Pilar —. No hay que saludar a desconocidos, ¿recuerdas? Esa es la norma que nos pidió papá que cumpliésemos cuando nos dio la radio.

 

Al otro lado la voz dejó de cantar. Se hizo un silencio que pareció eterno.

 

—Hola…

 

Los tres hermanos miraron el micro, apurados.

 

—No le contestamos y ya está —dijo Pilar, rompiendo la tensión.

—¿Hola? —insistió la voz.

 

El silencio se hizo de nuevo.

 

—Hola —contestó Antonio. En realidad estaba un poco asustado —. ¿Quién eres?

—Antonio, ¿qué haces? —preguntó Pilar, alarmada.

 

María empezó a reírse, aquello le parecía muy divertido.

 

—¿Quién eres tú? —dijo la voz al otro lado.

 

La voz sonaba susurrante, pero estaba claro que era una niña o alguien muy joven. No era la voz de su madre. Antonio se relajó.

 

—Yo he preguntado primero —insistió Antonio.

—Antonio, para. Nos la vamos a cargar —le reprendió Pilar.

—¡Yo soy María y tengo seis años! —gritó la niña por el micro.

 

Arriba, el barullo del salón y las risas de los vecinos, hacían que todo aquel espectáculo subterráneo pareciera surrealista.

 

—¡María! —gritó Pilar. 

 

Le arrancó el micro a su hermana. María borró la sonrisa de su cara.

 

—Se acabó la radio por hoy.

—¿María? ¿Eres la niña pequeña de la casa de enfrente? —preguntó la voz al otro lado. Se había tomado su tiempo para contestar.

 

Los tres hermanos volvieron a mirar el micro, y después entre ellos con alivio.

 

—¿Quién vive enfrente que tenga radio? —preguntó Antonio, incorporándose, y mirando a través de la claraboya las casas del otro lado de la calle.

—Me gustaría jugar con vosotros… un día. Os suelo mirar desde mi ventana —dijo la voz al otro lado. Ya no susurraba. Era como si hubiese cogido valor.

—¡Vente a jugar ahora! —le dijo María.

—María, he dicho que ya basta —dijo Pilar, quitándole el micro de nuevo.

—¿Qué te pasa? ¿Quieres parar? No es peligroso, solo es la niña de la casa de enfrente.

—No sabía que tuviésemos una vecina —rebatió Pilar.

—Eso es porque siempre vas a tu jodida bola. Antes te estaba hablando María y ni la has escuchado.

—No puedo estar pendiente de todo el mundo todo el rato…

—No. No te pido que estés pendiente de todo pero de tu hermana sí. Era importante, ¿sabes?

—Por favor, parad —dijo la voz de la chica del otro lado —. No me gusta oír pelear. Ya bastante oigo pelear en casa.

 

Otro silencio inundó la estancia.

 

—¿Cómo te llamas? —preguntó María. Al quitar el dedo del botón del micrófono miró a su hermana y le sonrió con dulzura. 

 

Pilar también le sonrió y le cogió la mano a su hermana pequeña. Al otro lado, la voz titubeó.

 

—Soy Carolina —dijo —. Probablemente mis padres me castiguen por esto.

—¿Están tus padres ahí contigo? —preguntó Antonio —. Diles que somos los chicos de enfrente. Vente a ver el alunizaje con nosotros.

—No, no. Ellos están dormidos. No me dejarían ir.

 

Los hermanos se miraron. Antonio ya había localizado la pequeña ventana iluminada en el tercer piso del caserón de enfrente. La ventana tenía rejas. Y la familia en general también. Casi nadie sabía nada de ellos, eran demasiado reservados.

 

—Oye, pues mejor. ¡Escápate! —le sugirió Antonio —. Ellos no tienen porqué enterarse si están dormidos.

—¡Sí! —apoyó María, feliz.

—Antonio. Eso ya sí que no me parece adecuado —le dijo Pilar —. Carolina, ¿me oyes? Soy Pilar. Escúchame, si puede ser peligroso para ti salir porque tus padres te castiguen, no pasa nada. Puedes venir a jugar mañana, y esta noche podemos comentar la llegada a la luna juntas por aquí.

 

Carolina al otro lado, sonrió. Pilar le había dado tranquilidad. Hasta el momento había imaginado que al otro lado había un señor muy feo y muy violento que estaba imitando las voces de sus vecinos adolescentes. Al menos su madre le decía que había gente que hacía esas cosas y que así morían los niños. Pero escuchar a Pilar le había hecho tener la certeza de que eran ellos, sus vecinos de enfrente, los de verdad. No podía imaginarse a un señor feo y violento que hiciera tan bien tres voces de niños diferentes. No obstante cogió una linterna y emitió señales de luz a la casa para comprobarlo. Les avisó, y los chicos le contestaron desde la claraboya del sótano con la vela. Al principio a Carolina le costó un poco verlos.

 

—¿Qué hacéis ahí abajo? —preguntó entre risas.

—Huir de nuestra madrastra —confesó Pilar.

—Pero hay mucha gente en vuestra casa, ¿no preferís estar con ellos viendo la televisión?

—No. Son unos pesados —dijo Antonio.

 

María se rió.

 

—Me encantaría invitaros aquí. Se está muy bien y no hay nadie.

—Oye, chicas. Tengo una idea —dijo Antonio, ajustándose la gorra de pescador.

 

Eran la una de la madrugada. Hasta este punto todo es bastante emocionante. Los chicos se han conocido, el hombre va a pisar la luna, las radios son el comienzo de una tecnología increíble… y hay una especie de propuesta indecente para una chica que está obligada a vivir enclaustrada por los miedos de su madre. También hay unos hermanos que están tristes y no son muy conscientes de ello.

Hay veces que el universo conspira para que las cosas pasen, se unan y simplemente fluyan…

 

—Cojamos los prismáticos de papá y vayámonos al bosque —dijo Antonio.

—Eres imbécil. ¿Qué pretendes ver a Neil Armstrong pisando la luna desde aquí? —preguntó Pilar manteniendo pisado el botón de la radio para que la vecina pudiera oírlo todo.

—¡Yo tengo prismáticos! ¡Había pensado lo mismo! —confesó Carolina.

 

Antonio sonrió.

 

—Vale, Carolina. Iniciando plan para sacarte de casa, vete preparando —dijo él.

 

Carolina sentiría mucha felicidad a lo largo de su vida, a pesar de la soledad de su infancia, pero nunca una descarga de adrenalina tan brutal como la que sintió por primera vez en ese momento. Sonrió y pegó un salto en la silla. Fue derechita al armario y se vistió en plena madrugada mientras que en su pequeña televisión, Luis Miravitlles continuaba narrando. Ella estaba lista para la acción.

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