Episodio 3. Tenemos un fantasma.

Carolina estaba plantada delante de la puerta de su casa, a oscuras. Sostenía la llave entre las dos manos como si fuese lo más importante del mundo. Tenía miedo. Miedo a lo desconocido. Temía que su respiración agitada despertara a su madre y ya, sí que sí, jamás la dejara salir de su casa, de su habitación, de su pequeña televisión y su radio…

 

Antes del “cambio y corto” había pactado con los chicos el que dieran un golpe muy suave en la puerta para saber que ellos ya estaban allí. “Muy muy suave, por favor”, insistió.

 

—Yo lo escucharé.. —repitió en la oscuridad moviendo los labios.

 

El golpe llegó. Efectivamente era muy suave. Se mojó los labios, respiró hondo y salió a recibir, temblando, a sus vecinos.

 

Abrió la puerta.

 

Carolina se quedó pasmada delante de la puerta de la calle abierta. No había absolutamente nadie. La cerró automáticamente, con mucho cuidado.

A continuación, dirigió la mirada a su abismal salón sumido en la oscuridad. La luna se derramaba sobre los sofás de diseño mientras ella se cuestionaba su cordura.

 

¿Había escuchado realmente el golpe? ¿Si, no? Había sido un golpe suave, pero certero y claro. 

¿Y si…?

Su cabeza comenzó a volar hacia esa luna que entraba descaradamente a través del ventanal del salón.

¿La conversación con los chicos del frente había sido real? ¿Se lo habría podido llegar a imaginar?

La soledad de su casa a veces le hacía pensar en aquellas cosas, al fin y al cabo, ¿quién querría jugar con ella? 

Por eso cuando vio a los tres hermanos abandonar el sótano de su casa iluminada, con algunas personas supervivientes observando el directo del alunizaje, ella sintió un alivio tremendo que dejó paso de nuevo a esos nervios.

 

¿La aceptarían? 

 

Un golpe suave volvió a sonar en la puerta. Este había sido real. Y el otro también, ahora lo tenía más claro, pero no podía entretenerse en pensar eso ahora. Cogió aire de nuevo y abrió la puerta por segunda vez.

 

Los tres hermanos estaban plantados en su porche, sonrientes y cargados de linternas. Hubo un momento incómodo en el que nadie sabía muy bien qué decir. Carolina estaba tan pasmada que no pudo moverse de su sitio. Ellos sí eran de verdad y estaban allí.

 

—¿Vamos? —sugirió Antonio con una sonrisa. Le tendió la mano.

 

Carolina la miró y sujetando con fuerza sus prismáticos que iban en la mochila, con la mano izquierda, y la llave de su casa con la mano derecha, cerró lo más suave que pudo la puerta de su casa.

Ya está, estaba fuera.

Guardó la llave en un sitio seguro en sus vaqueros, le cogió la mano a Antonio y María le cogió la otra.

 

Pilar comenzó a correr y Antonio la siguió, picado.

 

—Venga, que nos quedamos atrás. ¡Quien el último al claro del bosque invita a helado! —dijo la niña. 

 

Carolina miró a los dos hermanos que corrían y se reían camino a la luna partida que gobernaba la oscuridad.

 

—¡Venga, parguelas! ¡Es para hoy! —gritó Pilar, casi desde el fondo de la calle.

 

Las niñas corrieron atravesando la avenida llena de árboles y casas. Algunas, muy pocas, con las televisiones reluciendo en sus salones como si fuesen pequeñas lunas siendo colonizadas por el ser humano.

 

El verano del sesenta y nueve. El verano de la rebeldía, de los amigos de la amistad, de la libertad…

Bueno, la libertad quizás llegaría muchos años después.

 

El verano del fantasma.

 

El bosque estaba negro como justo antes de amanecer, pero solo eran las tantas de la madrugada. No llegaba ningún rumor al centro del claro.

 

—¿Por qué tus papás no te dejan salir de casa? —preguntó Pilar.

 

Se habían tumbado en un perfecto círculo de hierba crujiente. La luna estaba imperando. No podían ver a Neil Armstrong pisando la luna, aunque María había jurado ver la bandera americana ondear desde allí. No era eso lo extraordinario que verían esa noche, y todos ellos lo sabían.

 

—Creo que tienen… miedo —confesó Carolina. Estaba un poco avergonzada.

—¿Miedo de qué? —preguntó Antonio.

—Miedo a que crezca —respondió Carolina.

 

Un silencio se hizo entre el claro. María llevaba sin salir un buen rato, se la oía reír entre los árboles.

 

—¿Y tú? ¿Quieres crecer? —le preguntó Pilar.

 

Carolina se tomó su tiempo.

 

—¿Estoy aquí, no? Supongo que sí.

—Nosotros también deberíamos crecer —dijo Pilar, seria —. ¿Escucháis eso?

 

Carolina la miró sin comprender. La expresión de los dos hermanos se había tornado muy seria. Ambos se miraron entre ellos con tristeza.

 

—Es nuestra hermana hablando con mamá —dijo Pilar.

 

Carolina tuvo un escalofrío. La estaba oyendo a María, pero también a otra mujer.

 

—Nuestra madre está muerta —aclaró Antonio.

—Vaya, lo siento mucho… no lo sabía —dijo Carolina con un hilo de voz.

 

Esta giró la cabeza hacia donde le venían las voces de la pequeña María riendo. Carolina sacudió la cabeza pero la otra voz, la voz de la mujer no desapareció. Miró a los hermanos sospechando que le estaban gastando una broma de mal gusto. Acto seguido miró el camino por si tenía que salir corriendo.

 

—Le hemos explicado que los fantasmas no existen. Muchas veces —explicó Pilar, aun muy triste.

 

No. No le estaban mintiendo.

 

Carolina cada vez oía la voz de una mujer más cerca. La luna seguía brillando, el hombre pisaba la superficie lunar, allá abajo los grillos cantaban, las cigarras les seguían, las risas de María se apaciguaron y poco a poco ella se dejaba ver entre el claro. Sudada pero tenía una sonrisa radiante. La voz de la mujer se disipó.

 

—Creo que no era la bandera americana lo que vi antes, pero puede que fuese un extraterrestre —confesó María.

—¿Tienes sueño? —preguntó Antonio. 

 

La niña negó con la cabeza, pero bostezó.

 

—Es hora de irse —anunció Pilar —. Mañana puedes venir a jugar, Carolina. ¿Te gustaría? 

 

Ella, con los ojos como platos, asintió. Esperaba que sus padres la dejaran.

 

—Yo también la he oído —le susurró Carolina a María en el camino de vuelta.

—¿De qué hablas? —preguntó la niña.

—De tu mamá… —dijo Carolina, sin estar muy segura de ser muy grosera o incómoda.

—Ah… mamá —dijo la niña, taciturna —. Bueno, mis hermanos están muy preocupados por eso… pero yo sé que mamá ya no está aquí.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Carolina.

—Que en realidad juego sola. No hay nadie —confesó —. Soy consciente de que no existen los fantasmas, ya soy mayor para creer en fantasmas…

 

Carolina siguió andando pero un frío espectral le cubrió cada ápice de su alma.

No se había imaginado esas voces. Era una mujer. Alguien había pegado a su puerta antes de que aparecieran y alguien le estaba contestando a María en su juego en el bosque.

Carolina miró a la niña. Sus ojos parecían reflejar muchos más años de lo que en realidad tenía, y de repente sintió mucha compasión por los tres hermanos.

 

Ninguna vida es perfecta” pensó. Y sintió dolor. Sintió dolor en el mismo sitio que la alegría. Quizás era aquello de lo que su madre intentaba protegerla con tanto ahínco. Del exterior, de la confusión y del dolor. Pero no podía. 

 

Al menos Carolina había abierto aquella noche más puertas que la de su propia casa. Puertas invisibles a mundos que no pueden verse, pero quizás, si estás atento, sí que pueden oírse. Y además le abrió la puerta a la antesala de libertad, el primer nivel: la diversión.

 

También descubrió que los padres no son perfectos, aunque ya lo sospechaba.

Hay una parte de los padres que son voces del pasado que gritan a sus hijos cosas que ya no están aquí. Quizás por eso Carolina podía oír aquella noche a la madre de los tres hermanos. Y seguramente, por eso mismo, los tres hermanos no podían oír a su propia madre. El dolor los volvía sordos. Quizás pasaran muchos años antes de que pudieran oírla de nuevo.

Lo importante era que nadie, excepto ella, vio ese fantasma. Sí, el del rechazo. El miedo al rechazo. Nadie lo vio porque no era real.

 

El asunto es que la madre de Carolina jamás se enteró de que aquella noche su hija atravesó el bosque con los vecinos de enfrente. Su padre jamás supo que prefería no encender la televisión, aquello no era ni por asomo divertido. Los hermanos no hablaron durante ese verano más de su madre, simplemente ese recuerdo se fue disipando hasta convertirse en compasión muchos años después, casi cuando el hombre volvió a pisar la luna de nuevo.

 

Y Carolina, para entonces, ya había aprendido que voces tenía que oír y que voces no.

 

Niña de espaldas, Carboncillo, tinta y aguada sobre lienzo, 72x42cm

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