De cómo amar en tiempos de guerra

He paseado millones de veces por los pasillos de esta nave. Me miro en los espejos de los ventanales que dan a parar a alguna galaxia que ya no sé si ni cual es ni si está cerca de mi Planeta Natal. Veo remolinos pero no nos atraviesan. Quizás rodamos un poco, Caroline no se apaga y seguimos a la deriva. 

 

Me cruzo con otros Capitanes y Capitanas igual de poco motivados, provistos a tope de carburante, sin faltarles de nada pero echando de menos todo.

 

Queremos salir a tomarnos unas cervezas en cualquier meteorito errante, ¡es primavera! La época más preciosa del cosmos, el clima perfecto, las tardes luminosas y los pajarillos cantando. 

Todavía quedan lluvias… aprovecho este clima final para despedirme de la bucólica realidad del invierno. Tengo mucho frío estos días, un frío que es punzante en el fondo de algún sitio que todavía me hace mirar hacia atrás aunque la Tierra esté germinando. 

 

Es el miedo. 

 

Lo tengo localizadísimo dentro de Caroline. Nos miramos, somos amigos. Esta primavera la pasamos juntos:  tú, yo y la luz. Es un poco contradictorio, los humanos somos así. Y de esta situación no se escapa nadie. De alguna forma salen partes de nosotros que no queremos que salgan, que tememos que espanten a los que más queremos o a los que llegan nuevos que empiezan a amarnos.

 

Llevo al menos dos días disparando amor. Estoy especialmente sensible, sí. Me gustan las personas y las echo de menos. Hoy en concreto le he dicho a casi todos mis amigos que les quiero y que agradezco que estén ahí en estos momentos cuidándonos, haciéndonos reír hasta llorar, tomándonos cafés en la distancia y recordando instantes dorados.

 

Otra cosa que pasa es que me cruje la espalda, lo siento por los aprehensivos. Hay una carga que llevábamos que se ha fragmentado y todo está volviendo a su sitio, en proceso de unión. Una carga que tiene casi tantos años como el universo y que suena en la nave como ese “click” que sonó un día cuando aprendí a tocar la guitarra y a cantar a la vez. Ese día me sentí más humana que nunca, sentí que podía expresarme de otra forma muy diferente a como no me habían dejado antes. Y por eso cuando alguien me canta es como si le cantase a la inmensidad del espacio. Abriéndose en canal, a corazón abierto, hacia las estrellas de otro universo.

 

Hoy ya puedo expresarme mejor, aunque mi amigo el miedo se ponga nervioso todavía. Se va a poner nervioso siempre. A él también le quiero cómo me quieren las personas que me cantan. Juntos seguimos negociando y construyendo historias de verdad.

 

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Siempre hay cosas que hacer en la nave, no os engañéis.

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